La nobleza franquista y los títulos de Franco
La nobleza franquista
Inventario de los ducados y títulos nobiliarios que la democracia devolvió a la nada
Hay noblezas que se reclaman de las cruzadas, otras de un antepasado valeroso, otras todavía de un rey agradecido. Y luego está la de Franco, que se reclama de un golpe de Estado. He aquí una aristocracia cuyos cuarteles no se remontan a batallas ganadas contra el extranjero, sino a batallas ganadas contra sus propios conciudadanos. Su blasón bien podría llevar, en letras de oro sobre campo de fusil, la divisa de un régimen que llamaba «Cruzada» a su guerra.
Porque esa fue la palabra que empleó el propio dictador. En 1948, después de convertir España en un reino sin rey, se arrogó el derecho de repartir títulos, y lo hizo para agradecer a sus fieles los «servicios prestados» durante «nuestra Cruzada». Cada cual tiene las epopeyas que puede. Los duques de otros tiempos tomaban ciudades al enemigo. Los suyos habían tomado Badajoz, Málaga, medio pueblo, y se decoró la faena con el nombre de gloria nacional.
Repasemos la lista, porque vale su peso en bronce. Un ducado para Mola, que redactó las instrucciones secretas de la sublevación y prometió el terror como método. Un ducado para Queipo de Llano, el hombre de los micrófonos de Sevilla, que declamaba por la noche en la radio lo que sus columnas ejecutaban durante el día. Un ducado para Primo de Rivera, otro para Carrero Blanco, un condado para Pilar Primo de Rivera, la señora que fundó la Sección Femenina y enseñó a las españolas que el muchacho miraría el mundo y la muchacha, el hogar. Hermoso vivero de virtudes hereditarias. Se busca nobleza de alma y se encuentra un organigrama.
Y la joya de la corona, el título de los títulos: el ducado de Franco. Conviene saborear la mecánica. El dictador muere en 1975 y, apenas restaurada la monarquía, en su primer impulso de gratitud, la hija del Caudillo es convertida en duquesa y se colma de honores incluso al hombre que anunció por televisión la muerte del tirano, con la voz quebrada por la emoción. La democracia naciente empezaba, pues, por ennoblecer la casa a la que se suponía que venía a despedir. Se quería pasar página y se empezó por enmarcarla.
Luego llegó la comedia sucesoria, la única guerra que aquella nobleza libró verdaderamente en serio: la de los herederos entre sí. El ducado por un lado, el señorío por otro, reparto de reliquias entre nietos, con esa elegancia particular que proporciona una ley que, hasta 2006, hacía pasar al varón por delante de la mujer. Gente que encontraba la jerarquía perfectamente natural mientras ellos ocuparan la parte de arriba. La lógica del régimen trasladada al salón familiar.
El epílogo es conocido y deliciosamente breve. En 2022, una ley de memoria tachó de un plumazo treinta y tres de aquellas distinciones, incluido el ducado del dictador, y devolvió a esos caballeros y damas a su plebeyez originaria. Ni patíbulo, ni confiscación espectacular, ni venganza. Un simple artículo de ley, una línea en el Boletín Oficial, y la carroza volvió a convertirse en calabaza. Es el final más humillante posible para una gloria de opereta: no la caída trágica, sino la baja administrativa. No los decapitaron. Los dieron de baja.
Queda una pregunta que no tiene nada de graciosa, y ahí me detengo, porque solo se bromea hasta el umbral de las tumbas. Aquellos ducados recompensaban victorias. ¿Pero victorias sobre quién? Sobre los fusilados en las cunetas, sobre las columnas de Málaga arrojadas a la carretera de Almería, sobre los miles de republicanos muertos como apátridas en los campos porque su propio país les había retirado hasta el nombre. Eso era lo que celebraban, de oropel y con majestad, aquellos títulos de Cruzada. Así que sí: riámonos de los duques destronados, de sus disputas por las reliquias y de sus blasones de contrabando. Riámonos con tanta más franqueza cuanto que, detrás de la parada, estaban los muertos, y a los muertos solo les debemos silencio y verdad. Lo demás no era más que quincalla.