Linz corrige a Linz: el franquismo sin Franco

Linz corrige a Linz: el franquismo sin Franco

Cuando el nombre sustituye al argumento

En un artículo anterior, «Linz y yo», expuse por qué la teoría de Juan José Linz, según la cual el franquismo no sería un régimen totalitario sino una dictadura autoritaria, me parece no solo discutible, sino reveladora de un problema de método. Desde hace años, cada vez que afirmo que el franquismo fue totalitario, se me opone la misma respuesta: Linz. El nombre, la reputación, los títulos académicos, la autoridad universitaria y casi nada más. Como si el nombre del sabio dispensara de responder a los argumentos. Se me opone un nombre allí donde espero un texto.

Estudio el franquismo desde mi adolescencia, sin interrupción. Hoy tengo setenta años. He leído sus leyes, sus discursos, sus instituciones, su aparato represivo, sus juramentos, su escuela, su sindicato, su concepción de la mujer, de la nación, de la religión, del adversario y del jefe. Y siempre la misma cantinela: Linz piensa lo contrario.

Muy bien. Entonces leamos a Linz. No solamente a quienes lo citan. A Linz mismo. Porque, algunas décadas después de haber construido la distinción que cimentó su fama, el propio investigador empieza a interrogar su trabajo. Este artículo devolverá, por tanto, las cosas a su sitio. Y a Linz, con todo el respeto debido al mobiliario historiográfico, al almacén de los accesorios. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

Cuando Linz reconoce haber olvidado a Franco

Los días 25 y 26 de abril de 2001, en Hamden, Richard Snyder mantuvo una larga entrevista con Juan José Linz, publicada en francés en 2006 por la Revue internationale de politique comparée bajo el título «Retour sur les travaux de Juan Linz et leur réception». Snyder le formuló una pregunta sencilla: ¿dónde se encontraban, a su juicio, las principales debilidades de su trabajo sobre los regímenes autoritarios?

Linz respondió que su estudio del régimen español era, en cierto modo, el de «un régimen autoritario sin Franco», y añadió unas líneas después: «En cierto sentido, tuve que minimizar el papel de Franco.»1

No lo digo yo. No lo dice un adversario de Linz ni un panfletario. Lo dice Linz. Y la admisión no es menor. No estamos hablando de un oscuro secretario de Estado olvidado en una nota al pie, sino de Francisco Franco, jefe del régimen desde su construcción durante la guerra hasta su muerte, en noviembre de 1975. Una teoría del franquismo que reconoce haber producido, según las propias palabras de su autor, algo parecido a «un régimen autoritario sin Franco» presenta, cuando menos, una dificultad. Es un poco como explicar la monarquía absoluta sin haber tenido suficientemente en cuenta al rey.

En 2002, Linz va más lejos

Podría objetarse que aquella entrevista solo contiene la autocrítica tardía de un universitario consciente de las limitaciones normales de un trabajo antiguo. Pero Linz vuelve sobre la cuestión en 2002, en su Working Paper publicado por el Instituto Juan March, Fascism, Breakdown of Democracy, Authoritarian and Totalitarian Regimes: Coincidences and Distinctions.2 Esta vez, el problema metodológico aparece todavía con mayor claridad.

Linz llega a escribir que las revelaciones sobre el poder de Franco muestran los peligros de un análisis del totalitarismo o del autoritarismo español «without Franco». E inmediatamente añade: «My own writings are guilty of this», es decir: «mis propios escritos son culpables de ello». Reconoce después que otorgar mayor importancia a aquel poder personal habría hecho más difícil conceptualizar el régimen en su origen, su desarrollo y su diferencia respecto de los sistemas totalitarios.3

Aquí ya no estamos ante un detalle. Franco perturba la teoría. Más exactamente: tomar plenamente en consideración su poder complicaba la distinción que Linz había construido entre el franquismo y los regímenes totalitarios. Cuando un elemento histórico central incomoda una categoría, se abren dos caminos: modificar la categoría o reducir el peso del elemento que la perturba. Linz reconoce haber escogido la segunda vía.

La teoría se encuentra con el padrino

¿Por qué Franco complica tanto el modelo? Porque uno de los pilares de la teoría linziana es el célebre «pluralismo limitado». El franquismo no sería totalitario, entre otras razones, porque habría permitido la coexistencia de varias familias: militares, falangistas, monárquicos, tradicionalistas, católicos y tecnócratas. Estos grupos poseen intereses diferentes, se disputan ministerios, intrigan, compiten y no piensan siempre lo mismo.

Muy bien. Cinco dedos. Pero cinco dedos no forman cinco manos. Pertenecen a la misma, y la palma lleva un nombre: fidelidad al Caudillo.

El padrino no necesita que todos sus hombres se quieran. Incluso puede resultarle muy útil que rivalicen: unos neutralizan a otros, todos buscan su arbitraje y cada uno depende de su favor. Distribuye. Recompensa. Aparta. Recupera. Perdona. Desgracia.

Las rivalidades internas no prueban, por tanto, la existencia de un pluralismo político. También pueden revelar una competencia bajo obediencia. Precisamente esto es lo que Carlos Domper Lasús y Julio Ponce Alberca confrontaron en 2023 con los archivos del régimen en The Journal of Interdisciplinary History. Los autores reconocen la relativa diversidad ideológica de los cuadros franquistas, pero no encuentran en la documentación ni los grupos político-ideológicos organizados ni la semioposición que exige el modelo de Linz. Su conclusión es más sencilla: pese a sus diferentes afiliaciones, los dirigentes compartían una afinidad fundamental, la fidelidad al Caudillo.4

Volvemos a encontrar la mano. Los dedos son varios; la palma, una. Franco no es un árbitro exterior al sistema. Es aquello que mantiene unidos los dedos.

Linz conocía la fragilidad de sus tipos ideales

El texto de 2002 contiene otra admisión. Linz reconoce que la realidad política presenta mezclas, ambigüedades y situaciones imperfectamente descriptibles, y que solo puede aproximarse un régimen al tipo autoritario o totalitario según la predominancia relativa de determinados caracteres.5 Más revelador todavía: reconoce recurrir a una definición del totalitarismo «very restrictive and relatively narrow», muy restrictiva y relativamente estrecha, que solo se realiza o aproxima en casos muy escasos.6

Esto modifica la célebre proposición. «El franquismo no fue totalitario» debería formularse con mayor exactitud así: «El franquismo no corresponde suficientemente al tipo ideal, muy restrictivo, de totalitarismo escogido por Juan José Linz.» No es lo mismo. En el primer caso creemos leer un hecho histórico; en el segundo descubrimos una elección teórica. Y una elección teórica se discute. No es una tabla de la ley.

¿Protototalitario? ¿Totalitarismo detenido?

Linz va además más lejos de lo que suele recordarse cuando se invoca su nombre contra la calificación totalitaria del franquismo. En ese mismo texto de 2002 admite que un movimiento, una ideología, una concepción del hombre y de la sociedad pueden contener una intención totalitaria sin realizar plenamente el tipo ideal. Para esas situaciones emplea las nociones de proto-totalitarianism y arrested totalitarianism: un totalitarismo que no ha alcanzado su forma ideal aunque la intención exista.7

Volvemos así exactamente a la pregunta que la clasificación tendía a relegar a un segundo plano: ¿cuál era la naturaleza del proyecto franquista? ¿Qué quería construir Franco cuando tomó el poder, y no únicamente qué tipo de Gobierno funcionaba en España veinte años después? Y ahí los textos se vuelven incómodos.

Franco, 1 de octubre de 1936

Franco no esperó a que los historiadores le atribuyeran retrospectivamente ambiciones totalitarias. El 1 de octubre de 1936, el mismo día en que asumió oficialmente la dirección del Estado insurgente, declaró por radio, a través de Radio Castilla: «España se organiza dentro de un amplio concepto totalitario».8 La palabra no es nuestra. Es suya. Y no se trata de una expresión perdida en un discurso sin consecuencias. Dos años después, el Fuero del Trabajo, de 9 de marzo de 1938, definirá al Estado como «instrumento totalitario al servicio de la integridad patria».9

Lo que sigue es una construcción: concentración del poder, partido unificado, supresión del pluralismo político, sindicato vertical, encuadramiento de la juventud, censura, escuela nacionalcatólica, juramentos de fidelidad, definición de una España única y de una anti-España, subordinación de la libertad individual a una pretendida unidad superior. Policía política. Tribunales de excepción. Prisión. Tortura. Pena de muerte.

La cuestión no consiste, por tanto, en saber si el franquismo reproduce mecánicamente el III Reich o la URSS estalinista. Ningún régimen es la fotocopia de otro. La cuestión es determinar si su proyecto pretendía definir la totalidad del orden político y social legítimo, eliminar la contingencia democrática y asignar al individuo el lugar que el Estado, la nación, la religión y el jefe habían determinado para él.

Un linziano responderá que Franco nunca concibió realmente el régimen como totalitario y que el término utilizado en 1936 pertenece únicamente a la retórica. Linz lo afirma expresamente en la entrevista de 2001.10 Pero una retórica que se convierte en partido único, sindicato vertical, escuela nacionalcatólica y tribunales de excepción deja de ser únicamente retórica. Es un programa cuya ejecución puede seguirse artículo por artículo.

Linz encerrado en su propia definición

Aquí el razonamiento se vuelve circular. Linz construye una definición muy estrecha del totalitarismo a partir de algunos casos paradigmáticos, fundamentalmente el nazismo y el estalinismo. Observa después que el franquismo no se ajusta exactamente a ella y concluye que pertenece a otra categoría. Pero si se define de antemano el totalitarismo de tal manera que solo dos o tres regímenes puedan entrar en la categoría, resulta casi inevitable que todos los demás queden fuera.

El caso aparece con claridad en el texto de 2002. Al examinar las ideas y las actuaciones de Franco durante los años de guerra, tal como las describe Tusell, Linz considera «improbable» la creación de un régimen totalitario bajo su dirección.11 Es decir, incluso cuando contempla el proyecto, lo mide a partir del resultado: su conformidad con el tipo ideal, y no únicamente desde la intención inicial.

Ese es precisamente el desplazamiento que discuto. La pregunta deja de ser solamente «¿era totalitario el franquismo?» y se transforma en otra: ¿por qué aceptar sin discusión que la definición linziana sea la definición soberana del totalitarismo? ¿Porque lo dijo Linz? Ya no basta. Sobre todo cuando el propio Linz reconoce las limitaciones de su construcción.

Linz corrige a Linz

A casi cuarenta años de distancia de su texto fundador, tres cosas quedan establecidas: Linz reconoce haber integrado insuficientemente el liderazgo personal de Franco; admite que su análisis produjo algo semejante a un franquismo «sin Franco»; y concede que reintroducir plenamente esa dimensión habría complicado la diferencia que había trazado respecto de los sistemas totalitarios.

No le haré decir más. Linz no declara de repente: «Me equivoqué, el franquismo era totalitario». Eso sería falso. Continúa defendiendo su distinción. Pero lo que concede basta para retirarle el estatuto de verdad revelada que algunos de sus discípulos todavía le atribuyen, con una devoción que el propio autor no tenía hacia sus conclusiones. Una teoría no queda invalidada porque su creador reconozca sus límites. Pero deja de poder funcionar como argumento de autoridad.

Y eso es precisamente lo que me interesa. Desde hace años, cuando califico el franquismo de totalitario, no se me oponen los textos de Franco, ni las leyes del régimen, ni el sindicato vertical, ni la escuela nacionalcatólica, ni los juramentos, ni la censura, ni los tribunales. Se me responde: Linz. Quienes responden así, con demasiada frecuencia, no lo han leído hasta el final. Porque Linz mismo sabía que su modelo había dejado a Franco demasiado lejos del centro. Linz mismo sabía que sus tipos ideales podían ocultar determinadas dimensiones del poder personal. Linz mismo sabía que una consideración más completa de Franco hacía más difícil la frontera que había trazado respecto del totalitarismo.

Eso devuelve al investigador a su lugar. Importante, útil, incluso apasionante. Pero no sobre un altar.

La puerta queda abierta

La serie de artículos que seguirá partirá, por tanto, de los hechos, no de Linz. De los discursos del régimen. De sus leyes. De sus instituciones. De su escuela. De su sindicato. De su policía. De sus tribunales. De sus juramentos. Del control de la prensa. De su concepción de la nación, de la mujer, de las lenguas, de la religión, del adversario. Y, sobre todo, del jefe.

No examinaremos si el franquismo se parece suficientemente al III Reich como para merecer la etiqueta que Linz le niega. Examinaremos qué quiso hacer el franquismo de España y de los españoles. Después, cada cual decidirá si la palabra «totalitario» resulta exagerada. Esta vez Linz ya no servirá como respuesta. Formará parte del expediente.

Porque una teoría del franquismo «sin Franco» no constituye un pequeño olvido. Y cuando su propio autor reconoce que devolver a Franco al centro complicaba su distinción respecto del totalitarismo, deja abierta una puerta que durante años se nos presentó como cerrada.

Esa puerta vamos ahora a atravesarla.


Notas y fuentes

  1. Richard Snyder, «Retour sur les travaux de Juan Linz et leur réception. Extrait de l’entretien avec Juan J. Linz», Revue internationale de politique comparée, 2006/1, vol. 13, pp. 129-141, especialmente p. 131. Entrevista realizada los días 25 y 26 de abril de 2001 en Hamden, Connecticut; traducción francesa de Mohammad-Saïd Darviche. Las dos formulaciones citadas aparecen en la respuesta de Linz sobre las debilidades de sus trabajos acerca de los regímenes autoritarios.
  2. Juan J. Linz, Fascism, Breakdown of Democracy, Authoritarian and Totalitarian Regimes: Coincidences and Distinctions, Estudio/Working Paper 2002/179, Madrid, Instituto Juan March de Estudios e Investigaciones, octubre de 2002.
  3. Ibid., p. 73: «the dangers of an analysis of Spanish totalitarianism or authoritarianism “without Franco” […] My own writings are guilty of this».
  4. Carlos Domper Lasús y Julio Ponce Alberca, «Political Science, History, and Dictatorships: Linz’ Limited Pluralism Theory and the Late Francoist Regime in Spain», The Journal of Interdisciplinary History, vol. 53, n.º 4, 2023, p. 599 y ss.
  5. Linz, Fascism, Breakdown of Democracy…, op. cit., p. 18.
  6. Ibid., pp. 19-20: «a very restrictive and relatively narrow definition of totalitarianism».
  7. Ibid., p. 18. Linz utiliza las nociones de proto-totalitarian y arrested totalitarianism para designar situaciones en las que existe una intención totalitaria sin que se alcance plenamente el tipo ideal.
  8. Alocución radiodifundida de Francisco Franco, Radio Castilla, Burgos, 1 de octubre de 1936: «España se organiza dentro de un amplio concepto totalitario mediante aquellas instituciones nacionales que aseguren su totalidad, su unidad y continuidad». Texto reproducido en la prensa de los días siguientes: El Avisador Numantino, n.º 5391, 3 de octubre de 1936, p. 2; Diario de Córdoba, n.º 30548, 3 de octubre de 1936, p. 1. Véanse también Miguel Pino Abad, Anuario de Historia del Derecho Español, n.º 77, 2007, p. 385, y Foreign Relations of the United States, 1936, vol. II.
  9. Fuero del Trabajo, 9 de marzo de 1938: el Estado es definido como «instrumento totalitario al servicio de la integridad patria», Boletín Oficial del Estado, 10 de marzo de 1938, n.º 505, pp. 6178-6181.
  10. Snyder, «Retour sur les travaux de Juan Linz…», art. cit., pp. 129-130.
  11. Linz, Fascism, Breakdown of Democracy…, op. cit., p. 24.

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