Por qué llamamos totalitario al franquismo
Antes del puzle: por qué llamamos totalitario al franquismo
Del debate con Linz al examen del proyecto franquista
En los dos artículos anteriores he discutido a Juan José Linz y esa clasificación convertida casi en reflejo según la cual el franquismo habría sido una dictadura autoritaria, pero no totalitaria. Ya hemos hablado bastante de Linz. Ha llegado el momento de mirar el franquismo. No su imagen retrospectiva, ni la manera en que se presenta cuando ya ha ganado la guerra, eliminado a sus adversarios, instalado sus instituciones y aprendido a durar, sino lo que pretende construir: los textos que produce para hacerlo, los hombres que los redactan, las instituciones que los aplican y el español que pretenden fabricar.
Ese será el objeto de la serie que sigue. Vamos a reconstruir el puzle ideológico e institucional del franquismo, aquel que progresivamente adoptará el nombre de Movimiento Nacional. Pieza por pieza. Ley por ley. Artículo por artículo. Autor por autor.
Pero antes del puzle hay una palabra:
totalitario.
Y puesto que una palabra debe justificarse antes de utilizarse, empecemos por ella.
La palabra antes que la cosa
Este trabajo califica el franquismo de dictadura totalitaria. Lo hace deliberadamente frente a la clasificación que se volvió dominante a partir de Juan José Linz, quien presentó en 1963 y publicó en 1964 su estudio sobre el caso español, del que desarrolló su categoría de «régimen autoritario». Su razonamiento descansa sobre cuatro criterios ya clásicos: pluralismo limitado en lugar de monismo político; «mentalidades» en vez de una ideología elaborada; escasa movilización política de la población; y ejercicio del poder por un jefe dentro de límites jurídicamente mal definidos, aunque relativamente previsibles.
En los artículos anteriores hemos examinado las dificultades que plantea esa construcción. La objeción que formulo ahora es todavía más sencilla: Linz clasifica principalmente a partir del resultado. Yo propongo mirar primero el proyecto y el aparato construido para realizarlo.
No es una querella semántica. Un proyecto político puede fracasar en la realización completa de sus ambiciones sin que esas ambiciones desaparezcan retrospectivamente. Un hombre que construye una máquina destinada a controlar una sociedad no deja de haber concebido esa máquina porque funcione imperfectamente. Y un régimen que pretende suprimir la contingencia política, encuadrar a los individuos y eliminar las formas de vida que declara ilegítimas no se convierte retrospectivamente en un simple orden policial porque la historia le impidiera llevar hasta el final todo lo que había proyectado.
El riesgo de una absolución categorial
No digo que Linz proceda a una absolución moral del franquismo. Digo algo distinto: su clasificación produce el riesgo de una absolución categorial. Aquello que no alcanza el modelo ideal de totalitarismo deja de ser clasificado como totalitario.
Pero la historia española introduce aquí una circunstancia particularmente incómoda. El proyecto franquista no renunció espontáneamente a determinadas ambiciones después de un examen de conciencia. La Alemania nazi y la Italia fascista perdieron la guerra. La derrota del Eje en 1945 transforma brutalmente el entorno internacional de la dictadura española, elimina sus modelos victoriosos, coloca al régimen en una situación diplomática peligrosa y lo obliga a reorganizar su apariencia y su discurso.
Franco se adapta. No se convierte a la democracia.
Un proyecto obligado a cambiar de vestuario porque sus aliados y modelos han perdido la guerra no necesariamente ha cambiado de naturaleza. Esto nos obliga a separar dos preguntas: qué pretendía construir el régimen y qué pudo permitirse seguir mostrando después de 1945.
Ellos mismos eligieron la palabra
Pero podemos empezar todavía de una manera más sencilla. ¿Por qué utilizar la palabra totalitario? Porque el propio régimen la utilizó.
El Fuero del Trabajo de 9 de marzo de 1938, uno de los grandes textos constitutivos del nuevo Estado, lo presenta como:
«instrumento totalitario al servicio de la integridad patria».
El decreto que aprueba el Fuero del Trabajo se publica en el Boletín Oficial del Estado del 10 de marzo de 1938, n.º 505, pp. 6178-6181. No estamos ante una calificación inventada ochenta años más tarde por un historiador hostil a Franco. La palabra es suya.
Y no aparece aislada. Franco ya había declarado el 1 de octubre de 1936 que España debía organizarse dentro de un «amplio concepto totalitario».
Que el régimen se definiera así no demuestra por sí solo que realizara un sistema totalitario. Una palabra no ejecuta aquello que anuncia, y Mussolini utilizó totalitario sin que la Italia fascista llegara a constituir necesariamente el modelo perfecto de la categoría. Lo que el documento destruye es una afirmación mucho más modesta y, a la vez, decisiva: «totalitario» no es una etiqueta colocada retrospectivamente sobre Franco por sus adversarios. Fue una palabra elegida, pronunciada, escrita y publicada por quienes estaban construyendo el nuevo Estado.
Volveremos a esos textos. Los leeremos y los confrontaremos con aquello que efectivamente fue construido. Porque tomar al régimen por su palabra no basta. Hay que comprobar si convirtió las palabras en instituciones. Eso es precisamente lo que hará esta serie.
¿Qué entendemos aquí por totalitario?
El totalitarismo no es, en este trabajo, un concurso de brutalidad. La cuestión no consiste en preguntar si Franco mató tanto como Hitler o Stalin. Razonar así conduce a un absurdo: habría que alcanzar determinada cifra de muertos, campos de concentración o concentraciones de masas para obtener el derecho de entrada en la categoría.
Esa no es nuestra definición.
Llamamos totalitario a un proyecto político que pretende determinar la totalidad del orden legítimo: definir la nación, la religión, la familia, la educación, las relaciones entre los sexos, el trabajo, el sindicato, la juventud, la moral, la información y el adversario; definir qué es un español y, por consiguiente, qué constituye la anti-España; y disponer después de instituciones capaces de imponer esas definiciones.
La pregunta deja así de ser únicamente:
¿cuánto reprime el poder?
Y pasa a ser:
¿sobre qué pretende tener competencia?
Ahí comienza realmente nuestra investigación.
Del nacimiento a la muerte
Observemos al individuo. No a Franco, al ministro o al falangista sentado en una antesala del poder. Al español ordinario. ¿En qué momento de su vida escapa verdaderamente a la pretensión normativa del régimen?
Al nacer aparece el Registro Civil. Después llegan el bautismo, el catecismo y la escuela confesional. La infancia encuentra el Auxilio Social y distintas organizaciones de encuadramiento; la juventud, el Frente de Juventudes. Para la mujer aparece el Servicio Social obligatorio, acompañado de todo un dispositivo destinado a determinar su conducta moral, familiar, sexual y social. Para el hombre llegan el cuartel, la bandera, el servicio militar y el juramento.
Para el trabajador está la Organización Sindical, el sindicato vertical, que pretende integrar en un mismo cuerpo a trabajadores y empresarios bajo la autoridad estatal. Para la pareja, el matrimonio canónico y el orden familiar nacionalcatólico, reforzado posteriormente por el Concordato de 1953. Para las mujeres consideradas desviadas existe el Patronato de Protección a la Mujer. Para quienes el régimen clasifica como indeseables están la Ley de Vagos y Maleantes, ley republicana de 1933 heredada y endurecida por la dictadura, y después la legislación de 1970 sobre peligrosidad y rehabilitación social.
Para el preso existe la redención de penas por el trabajo. Para el condenado pueden llegar la reducción o la pérdida de capacidad civil. Para el adversario político están la policía, las jurisdicciones de excepción, la cárcel, la tortura y la pena de muerte. Incluso la muerte no necesariamente cierra el expediente: permanecen la sepultura, el cementerio, la tierra consagrada y la distinción entre quienes pertenecen al orden católico y quienes quedan fuera de él.
Del nacimiento a la muerte.
Es ya una extensión singular de competencias para un Estado que se nos pide pensar principalmente a partir de su «pluralismo limitado».
La extensión no basta: importa quién define
Pero no es la simple amplitud de ese recorrido la que convierte una pretensión en totalitaria. Un Estado confesional tradicional también podía acompañar al individuo desde el bautismo hasta la tierra consagrada. Podría argumentarse, siguiendo la lógica del «pluralismo limitado», que Iglesia, familia y Ejército continuaban siendo pilares relativamente autónomos.
La diferencia está en otra parte, y es triple.
En primer lugar, ya no son únicamente la Iglesia, la familia o la costumbre quienes producen las normas: el Estado se apropia de su definición jurídica y política. Nación, familia, trabajo, moral y enemigo son transformados en categorías del orden estatal.
En segundo lugar, los distintos pilares no actúan como centros soberanos independientes. Son integrados, subordinados o articulados dentro del nuevo sistema: la Falange fundida en el partido único, el sindicalismo encerrado en la Organización Sindical vertical y la propia Iglesia jurídicamente vinculada al Estado mediante un entramado privilegiado que culminará en el Concordato.
Y, en tercer lugar, esa pretensión normativa llega a desbordar el propio territorio español.
Más allá de la frontera
El expediente va más lejos, porque la pretensión franquista no se detiene necesariamente en la frontera. Este punto es esencial. Una clasificación construida principalmente mediante la observación del funcionamiento interno del régimen corre el riesgo de perder de vista lo que ocurre cuando el Estado pretende seguir determinando el estatuto de aquellos que han conseguido escapar físicamente de él.
Exiliados. Refractarios. Republicanos. Españoles establecidos en el extranjero.
El régimen pretende todavía intervenir en cuestiones fundamentales como el matrimonio, la filiación, la minoría de edad, la capacidad civil, la documentación de identidad, la nacionalidad y, en determinados casos, incluso sobre el cuerpo del refractario.
Abandonar el territorio no significa necesariamente abandonar la pretensión jurisdiccional del régimen.
Este es un terreno que los cuatro criterios clásicos de Linz captan difícilmente. Preguntan cuántos grupos coexisten alrededor del poder, qué grado de movilización existe, qué forma adopta la ideología y qué tipo de liderazgo funciona.
Nosotros añadiremos otra pregunta:
¿hasta dónde pretende perseguir el régimen al individuo?
La perspectiva cambia por completo.
El puzle del Movimiento Nacional
Los artículos siguientes ya no partirán, por tanto, de una categoría. Partirán de las piezas. Tomaremos cada institución, cada ley y cada uno de los grandes textos doctrinales. Buscaremos a sus redactores, su vocabulario, su filiación ideológica y su articulación con las demás piezas. Observaremos cómo se construye progresivamente aquello que el régimen llamará Movimiento Nacional.
Porque un puzle no se demuestra enseñando una sola pieza. Hay que montarlo.
La Falange. El partido unificado. Los Fueros. El sindicato vertical. La Iglesia. La escuela. La juventud. La mujer. La familia. El trabajo. La prensa. La policía. La magistratura. El Ejército. Los juramentos. Los Principios del Movimiento.
Y siempre, en el centro:
el Caudillo.
Solo entonces podremos contemplar el conjunto y formular la pregunta sin invocar a Linz, sin comparar mecánicamente a Franco con Hitler y sin calcular cuántas camisas azules hacen falta para merecer una etiqueta:
¿qué clase de Estado pretendían construir estos textos?
Una pretensión de totalidad
Nuestra respuesta está anunciada, pero a partir de ahora tendrá que ser demostrada. No mediante una definición colocada sobre los hechos antes de examinarlos, sino reconstruyendo el aparato que el régimen crea para intervenir en la existencia de los individuos y determinar el orden que considera legítimo.
Del nacimiento a la muerte. Dentro de España y, cuando puede, más allá de sus fronteras. En el trabajo, la escuela, la familia, la religión, la moral, la información, la justicia, la sexualidad, la nacionalidad y la definición misma del enemigo.
Eso es lo que aquí llamamos totalitario.
No un determinado grado de brutalidad.
Una pretensión de totalidad.