Manuel Fraga: ideología, censura y nacionalcatolicismo
«Al servicio de Dios y de España»: lo que revela la tesis de Manuel Fraga
En 1944, un estudiante de veintidós años defiende en la Universidad de Madrid una tesis doctoral sobre un jurista jesuita del siglo XVI, Luis de Molina, y su derecho de la guerra. El asunto parece inofensivo: un joven aplicado, un tema erudito, citas latinas, la Escuela de Salamanca, ese aroma solemne de las bibliotecas donde los regímenes gustan a veces de esconder sus malos pensamientos bajo encuadernación universitaria.
El estudiante obtiene la calificación de sobresaliente y el premio extraordinario.
Se llama Manuel Fraga Iribarne.
Veinte años más tarde será ministro de Información y Turismo del régimen de Franco. Información, es decir, control de la palabra. Turismo, es decir, escaparate para extranjeros. La dictadura tenía sentido del equilibrio: amordazar a los españoles con una mano y vender el sol con la otra. Fraga sabrá hacer muy bien ambas cosas.
Su tesis es erudita, técnica, aparentemente alejada de las urgencias políticas del franquismo. Pero la introducción que coloca al frente del trabajo —unas pocas páginas de profesión de fe doctrinal— es uno de los documentos más reveladores que poseemos sobre el hombre que ya era.
Todavía no está ahí todo Fraga.
Pero lo esencial ya respira.
El futuro ministro de la censura aún no tiene sus despachos, sus circulares, sus sanciones y su hermoso aparato de modernización vigilada. Todavía no posee aquella magnífica misión: explicar al mundo que la España franquista se abre mientras, dentro de España, escritores, periodistas, dramaturgos y editores aprenden a respirar entre dos prohibiciones.
Pero el reflejo ya está ahí.
Un derecho total.
Una verdad custodiada.
Una nación confundida con la fe.
Enemigos del sentido.
Una modernidad culpable.
Una restauración bautizada como renovación.
En resumen, el pequeño catecismo intelectual de un hombre que más tarde sabrá transformar la censura en administración y la propaganda en competencia ministerial.
Fernando María Castiella: el director de tesis de Fraga y su entorno franquista
Hay un detalle que merece atención, porque sitúa de entrada el medio en el que madura aquel joven espíritu. La tesis está dirigida por Fernando María Castiella. El propio Fraga lo dice en sus agradecimientos: Castiella tuvo a bien «apadrinar y dirigir esta tesis», y a él se debe, «sin duda», todo lo bueno que pueda contener.
El director de tesis no es, por tanto, un universitario cualquiera, un apacible profesor extraviado entre dos tratados de derecho internacional.
Fernando María Castiella, nacido en 1907, jurista, diplomático, profesor de Derecho Internacional y primer decano de la Facultad de Ciencias Políticas de Madrid, pertenece de lleno al mundo intelectual y diplomático del franquismo. En 1941, en el apogeo de las victorias del Tercer Reich, escribe junto a José María de Areilza Reivindicaciones de España, manifiesto imperialista que reclama Gibraltar y territorios del norte de África para una España llamada a expandirse.
Después se alista como voluntario en la División Azul, la unidad española enviada a combatir junto a la Wehrmacht en el frente del Este.
Ese es, pues, el decorado: derecho internacional, imperialismo español, voluntariado antibolchevique bajo uniforme alemán y, después, carrera diplomática franquista. Castiella será ministro de Asuntos Exteriores de Franco entre 1957 y 1969.
Ese es el hombre que dirige, en 1944, la tesis del joven Fraga.
Los árboles genealógicos intelectuales tienen a veces la delicadeza de hablar por sí solos.
Manuel Fraga y el derecho dentro de un «sistema total»
El núcleo doctrinal de la introducción cabe en una frase que Fraga presenta como convicción de toda su juventud:
« No hay posibilidad de verdadera ciencia jurídica si el Derecho no se inscribe en un sistema total y satisfactorio del mundo y de la vida. Es decir: que nos explique a Dios, al mundo y al hombre. »
No existe verdadera ciencia jurídica, escribe, si el derecho no se inscribe en un sistema total del mundo y de la vida, un sistema capaz de explicarnos a Dios, al mundo y al hombre.
La palabra decisiva está ahí: total.
Se puede rodear la frase con todas las precauciones de costumbre, depositar flores universitarias a su alrededor, explicar que hay que comprender el contexto, la época, la formación católica, la tradición escolástica, el entusiasmo juvenil, las bibliografías, las cautelas, los matices y toda la farmacia de los atenuantes. Pero la palabra sigue ahí.
Fraga no quiere un derecho autónomo. No quiere un derecho producido por la deliberación humana, limitado por el procedimiento, corregido por la historia, abierto al conflicto democrático. Quiere un derecho inscrito en una visión totalizadora del ser. Dios, el mundo, el hombre: nada debe quedar fuera. Eso sí que es tener gusto por el aire libre.
Este rechazo de la autonomía de lo jurídico explica su brusco rechazo del positivismo jurídico. En el derecho público, escribe, «todo positivismo, aun disfrazado, es suicida».
El positivismo es la idea moderna y liberal de que la ley es una construcción humana, histórica, revisable, sometida a la soberanía política y a la crítica. Fraga ya ve en ello un peligro mortal.
El futuro ministro para quien la libertad de prensa será siempre una concesión vigilada ya está contenido en esa frase. No le gusta la idea de que el derecho pueda vivir sin guardián metafísico. No le gusta que los hombres fabriquen la ley sin pedir primero permiso a Dios, a la España eterna y, de paso, a los señores encargados de explicar a uno y a otra.
El derecho, para él, no debe proteger una pluralidad de ciudadanos.
Debe expresar un orden.
Y si el orden es total, la libertad se convierte rápidamente en un error de clasificación.
Fraga contra la modernidad: retorno al orden cristiano
Este rechazo del derecho moderno se apoya en un relato de decadencia. Fraga cuenta que hubo un tiempo en que el pensamiento europeo satisfacía la exigencia de un orden total. Después llegó la caída. La crisis del Renacimiento, escribe, hizo perder a la civilización moderna su antiguo centro: el orden cristiano.
« Como consecuencia de la crisis del Renacimiento, la civilización moderna abandonó su viejo centro: el orden cristiano. »
El Renacimiento se convierte así en una de esas catástrofes de las que los contrarrevolucionarios gustan de lamentarse varios siglos después, entre dos títulos universitarios y tres carreras de Estado. El hombre moderno habría abandonado su centro. Habría dejado atrás el orden cristiano. Se habría dispersado. Habría pensado por sí mismo, lo que, naturalmente, tenía que acabar muy mal.
La salida de la crisis solo puede ser, por tanto, un retorno:
« La crisis ideológica actual sólo puede ser superada por un retorno a lo clásico. Lo clásico cristiano y occidental. »
El presente está enfermo.
La salvación está en el retorno.
La modernidad es la culpa.
La restauración es el remedio.
La música es conocida. Viene de lejos: Joseph de Maistre, Donoso Cortés, los grandes empresarios de la nostalgia sagrada, los enemigos del liberalismo, los aficionados al orden providencial. Fraga se inscribe en esa familia intelectual, pero con un pequeño toque personal, una coquetería doctrinal casi perfecta: habla de «renovación restauradora».
El oxímoron es magnífico.
Lo dice todo.
Renovar restaurando.
Avanzar hacia ayer.
Modernizar la fachada para conservar mejor el edificio.
Emplear los medios del presente al servicio de un orden premoderno.
El tecnócrata del turismo de masas y el nostálgico del orden cristiano no son, por tanto, dos Fragas contradictorios. Son el mismo hombre. Más tarde podrá vender España a los turistas, tolerar algunos bikinis extranjeros porque las divisas siempre han tenido una teología más flexible que los sermones, modernizar la imagen del régimen, hablar de apertura, reforma y desarrollo.
Pero detrás del escaparate permanece la idea: el orden cristiano, la unidad, la jerarquía, la verdad custodiada.
La modernidad aceptada como herramienta.
Nunca como libertad.
Fraga, censura e interpretación: la «policía del sentido»
Asoma un tercer rasgo, todavía más inquietante. Fraga se alarma ante la posibilidad de que los clásicos españoles —Vitoria, Suárez— hayan sido leídos «mal». Y nombra a los culpables:
« Se haya podido hablar de Vitoria y de Suárez desde un punto de vista protestante, ginebrino y hasta masónico. »
Protestante.
Ginebrino.
Y hasta masónico.
Todo el pequeño teatro de la anti-España está ahí, con sus monstruos favoritos: el protestante, el calvinista, el rousseauniano, el liberal, el masón, el extranjero contaminante, el intérprete sospechoso, el lector que no pide permiso al guardián de la ortodoxia.
Fraga no se limita a defender una lectura. Denuncia lecturas impuras. No debate únicamente sobre interpretación. Organiza la vigilancia del sentido.
El gesto es claro: recuperar a los clásicos, purificarlos de las lecturas heterodoxas, devolverles su «verdadero» sentido —es decir, el sentido compatible con el orden nacionalcatólico—. Ahí está ya el censor. Todavía no tiene el ministerio; ya tiene el oficio.
Fijar el sentido correcto de un texto frente a las interpretaciones contaminadas es ejercer una policía de la interpretación. Entre el joven doctorando que, en 1944, quiere proteger a Vitoria y Suárez de las lecturas protestantes, ginebrinas o masónicas y el ministro que, en 1966, repartirá sanciones, prohibiciones, retoques y llamadas al orden a la prensa y a la cultura españolas, el reflejo es el mismo.
Existe una verdad.
Está amenazada.
La amenaza viene de fuera.
Se disfraza de modernidad, libertad, crítica, pluralismo.
Hay que defenderla.
Primero mediante la erudición.
Después mediante el ministerio.
La continuidad resulta casi conmovedora. Fraga evolucionará mucho, desde luego. Pasará del latín escolástico al comunicado administrativo, de la guerra justa a la censura moderna, del derecho natural al escaparate turístico. Pero la idea permanece: el sentido pertenece al poder que sabe.
Los demás leerán bajo vigilancia.
Carl Schmitt, soberanía y guerra en la tesis de Manuel Fraga
Dos veces, en nota, Fraga remite con admiración a «la agudísima conferencia de Carl Schmitt» pronunciada en Madrid en 1944.
La referencia no es neutra.
Carl Schmitt no es un jurista de verbena. Es el gran teórico de la decisión soberana, del estado de excepción, del enemigo político y de la crítica del parlamentarismo liberal. Fue también el gran jurista comprometido con el Tercer Reich. En 1944, citarlo como autoridad «agudísima» no es un gesto inocente. Es respirar en una atmósfera intelectual en la que el estado de excepción, la soberanía absoluta y la hostilidad hacia el liberalismo circulan perfectamente, gracias por preguntar.
Fraga coloca, además, la soberanía del Estado a la cabeza de los tres núcleos fundamentales de su trabajo.
El orden de prioridades habla.
Primero la soberanía.
Los límites después, si tienen a bien esperar.
Las dos epígrafes de la tesis legitiman también la guerra. Molina afirma en ellas que a veces es mejor hacer la guerra que lo contrario. Dentro de la inmensa tradición de Salamanca sobre la guerra justa —tradición que también intenta limitar la violencia, encuadrar el recurso a las armas, pensar los derechos de los pueblos y la justicia de las causas— el joven Fraga acentúa la vertiente del derecho a hacer la guerra.
Sorprendente, verdaderamente, en la España de 1944.
Una España salida de un golpe de Estado, una guerra y una represión masiva, gobernada por vencedores que llamaban paz a la victoria prolongada.
Podría haberse esperado que el derecho de la guerra sirviera para limitar el poder.
Fraga encuentra sobre todo en él material para pensarlo dentro de un orden cristiano, soberano, restaurador y total.
La escolástica tiene buenas espaldas.
Puede servir para interrogar los abusos del poder.
O para poner un hermoso mantel latino sobre el banquete de los vencedores.
Nacionalcatolicismo: nación, fe y una sola concepción del mundo
Lo que mantiene unido el conjunto es una identificación masiva. Fraga escribe que podemos volver a partir de los clásicos porque:
« Admitimos —cristianos y españoles— su misma fe y su concepción del universo. »
Admitimos, «como cristianos y españoles», su misma fe y su misma concepción del universo.
La frase funde en un solo bloque nación, religión y visión total del mundo.
Ser español.
Ser cristiano.
Compartir una sola concepción del universo.
Todo se convierte en una misma pertenencia. Es el nacionalcatolicismo en una fórmula casi químicamente pura. España no es aquí una comunidad política compuesta por ciudadanos diferentes. Es una unidad espiritual. Y, como siempre ocurre cuando un régimen define la nación mediante una verdad, quien no comparte esa verdad se convierte en algo menos que un adversario.
Se convierte en una anomalía.
Un contaminado.
Un exterior dentro del interior.
Un español defectuoso.
El fundamento de la exclusión está ahí. Quien piensa el universo de otra manera deja de ser plenamente español. Quien quiere un derecho autónomo, una política humana, una ley revisable, libertad de conciencia, prensa libre, una lectura no vigilada de los clásicos, ya está saliendo de la casa nacional. La puerta sigue abierta, por supuesto. Pero más bien por el lado de la comisaría.
La tesis termina con la fórmula:
« Al servicio de Dios y de España. »
Al servicio de Dios y de España.
Fechada en el «año de gracia de 1944».
La expresión posee toda la belleza glacial de las consignas franquistas. Dios y España, juntos, dentro del mismo orden, como si el cielo y el Estado hubieran firmado un convenio administrativo. El joven Fraga coloca su trabajo bajo esa doble autoridad. Más tarde colocará la información, la prensa, la cultura y la imagen del régimen bajo una autoridad igualmente atenta.
No hay casualidad.
Hay fidelidades que aprenden pronto su vocabulario.
¿Pensamiento totalitario? Fraga y la ambición totalizante del nacionalcatolicismo
¿Debe leerse este texto como totalitario?
Sí, si entendemos por ello un pensamiento que rechaza la autonomía de las esferas, subordina el derecho a una visión totalizadora, confunde la nación con la fe, designa enemigos del sentido, sacraliza el orden, desprecia el positivismo liberal y sueña con un sistema capaz de explicar a Dios, al mundo y al hombre.
No, si se exige reservar el término a doctrinas completamente idénticas a los totalitarismos fascista, nazi o estalinista. Pero esa prudencia terminológica no debe convertirse en paraguas para intelectuales mojados. El nacionalcatolicismo franquista no necesita ser una copia exacta del nazismo para responder a una ambición totalizante.
Tiene su propia manera de apoderarse de todo.
El Estado.
La ley.
La escuela.
La prensa.
La familia.
El cuerpo.
La fe.
La lengua.
La nación.
La memoria.
La guerra.
La paz.
El derecho a pensar correctamente.
El derecho a leer correctamente.
El derecho a callar correctamente.
Fraga no está redactando aquí un programa electoral. Entrega una gramática mental. Y esa gramática es perfectamente compatible con el Estado totalitario franquista: un Estado que no se limita a gobernar, sino que pretende definir lo verdadero, lo bueno, lo lícito, lo español, lo cristiano, lo moral, lo peligroso, lo desviado.
La matización que acusa está en otra parte.
La tradición que moviliza Fraga —la Escuela de Salamanca— contiene también poderosos anticuerpos contra el absolutismo. En Vitoria, Suárez y Molina, el poder no es simplemente el capricho del príncipe. La comunidad cuenta. La ley injusta plantea un problema. La tiranía puede pensarse. Incluso los infieles tienen derechos. La guerra justa no es solo permiso para combatir; también es limitación de la violencia.
Eso es precisamente lo que hace más grave el caso Fraga.
Se apoya en una tradición que pensó los límites del poder para servir a un régimen que los había abolido.
No se limita a adorar la fuerza desnuda. Sería demasiado vulgar. La viste.
Le pone una toga escolástica.
Le encuentra antepasados honorables.
Le añade notas a pie de página.
Le presta el latín, Dios, España, Molina, Vitoria, Suárez, la guerra justa y el orden cristiano.
Es más eficaz que un grito de cuartel.
Un autoritarismo que habla la lengua del derecho, de la civilización cristiana y de la alta cultura se defiende mejor que una simple porra. Adopta modales de biblioteca. Castiga con citas. Censura con principios. Prohíbe en nombre de la verdad.
Fraga fue precisamente ese hombre: no el teórico tosco del poder desnudo, sino el jurista de su tocador.
El peluquero erudito de la dictadura.
El hombre capaz de presentar la coerción como restauración, la censura como información, el escaparate turístico como apertura y el orden total como servicio de Dios y de España.
De la tesis de 1944 al ministro de Información: la continuidad intelectual de Fraga
Estas pocas páginas de 1944 se leen, por tanto, como el programa involuntariamente revelado de toda una vida.
El rechazo de la autonomía del derecho anuncia al ministro.
La policía del sentido anuncia al censor.
El «sistema total» anuncia al hombre de un orden que quiere abarcar el mundo, la fe, la nación y los cuerpos.
La denuncia de las lecturas protestantes, ginebrinas y masónicas anuncia la obsesión franquista por la contaminación.
La referencia admirativa a Schmitt anuncia la fascinación por la soberanía que decide.
La fórmula final —«al servicio de Dios y de España»— anuncia todo lo demás.
Fraga no sirvió a Franco únicamente por carrera, oportunismo o disciplina gubernamental. Lo sirvió desde una arquitectura intelectual que proporcionaba a la dictadura un vocabulario noble. Formó parte de esos hombres preciosos para los regímenes largos: los que saben sustituir el ruido del sable por la seriedad del concepto.
Son los más útiles.
Los brutos asustan.
Los eruditos tranquilizan.
Los brutos golpean.
Los eruditos explican por qué había que golpear.
Y cuando la Historia vuelve a pedir cuentas, responden con bibliografía.
Fraga, en 1944, escribía bajo el signo de Dios y de España.
Más tarde servirá a Franco, a la información controlada, a la censura modernizada, a la respetabilidad posfranquista y al futuro parlamentario de la derecha surgida del régimen.
Siempre el mismo talento.
Vestir con traje nuevo el viejo orden.
Llamar renovación a lo que restaura.
Llamar información a lo que vigila.
Llamar apertura a lo que conserva las llaves.
Llamar España a lo que excluye a una parte de los españoles.
Y llamar servicio de Dios a lo que tan cómodamente sirvió al poder de los hombres.
Todas las citas proceden de la introducción de Manuel Fraga Iribarne, «Luis de Molina y el Derecho de la Guerra» (tesis, 1944; publicada por el CSIC — Instituto Francisco de Vitoria, 1947). → El texto original de la introducción puede consultarse aquí