Financiación del golpe de Estado de 1936
La cruzada a crédito
La financiación del golpe de Estado del 17-18 de julio de 1936
Ha llegado el momento de poner los relojes a la hora de la realidad. No para sustituir una leyenda por otra, ni para ofrecer a los vencidos un consuelo de papel, sino para romper ese espejo pulido en el que la guerra de España todavía aparece con demasiada frecuencia como el enfrentamiento simétrico entre dos violencias equivalentes. La fórmula es cómoda. Permite dormir a los prudentes. Permite a los historiadores de salón apoyar la taza sin que les tiemble la mano. Permite, sobre todo, no mirar aquello que molesta: en julio de 1936, un Gobierno salido de las urnas se enfrenta a una rebelión militar preparada, financiada, amparada y muy pronto internacionalizada.1
La República española no cae bajo el solo peso de una guerra interior. Es golpeada por un golpe de Estado cuyo éxito depende, desde el origen, del dinero privado, de la conspiración monárquica, de la ayuda fascista, del petróleo extranjero, de los créditos diferidos y de la neutralidad mentirosa de las democracias europeas. Se llamará a eso guerra civil, porque el vocabulario oficial siente debilidad por las palabras que lavan. Pero bajo la ropa limpia están los contratos, las facturas, los aviones reservados, los petroleros desviados, los bancos complacientes, los monárquicos en misión, los generales a crédito y las cancillerías que miran hacia otro lado con esa elegancia particular de los cobardes bien educados.
El Frente Popular ganó las elecciones legislativas de febrero de 1936. Hay que empezar ahí y volver una y otra vez, como se vuelve a una pieza de convicción que los falsificadores quisieran hacer caer de la mesa. No se derriba de la misma manera una dictadura, una facción armada o un Gobierno legal. El discurso franquista, y después sus herederos con corbata universitaria, intentó fabricar retrospectivamente una ilegitimidad republicana: desorden, fraude, amenaza roja, revolución inminente, apocalipsis bolchevique, vírgenes asustadas y propietarios insomnes. La vieja tienda del miedo siempre ha tenido existencias.2
Pero el hecho bruto permanece: la izquierda republicana y obrera ganó las elecciones, y contra ese orden constitucional se organiza la sublevación militar. Eso es lo que hay que martillear. El golpe no es un accidente de cuartel ni una reacción espontánea de patriotas súbitamente cubiertos de urticaria ante el caos. Es una operación política contra un régimen legal. Una operación preparada. Una operación financiada. Una operación internacionalizada antes incluso de atreverse a decir su nombre.
El gran miedo social: por qué la República inquietaba a la Europa conservadora
Lo que las cancillerías europeas temen entonces no es únicamente a la España republicana como régimen. Temen lo que hace posible. Todo lo que abre la República constituye, a ojos de la Europa conservadora, un peligro mucho más inmediato que los fascismos ya instalados en el poder. Sin embargo, Hitler es conocido. Mussolini es conocido. La Alemania nazi gobierna desde 1933; la Italia fascista, desde 1922. Se han visto las camisas negras, se han oído los discursos, se han leído las proclamas, se ha sentido cómo se calentaba la bota. Pero la Europa oficial todavía cree poder componérselas con el orden autoritario, mientras no perdona a la República española haber abierto una brecha social.3
Ahí está el gran miedo. No solo Moscú. No solo el comunismo, agitado como una campana de alarma para hacer correr a los notables. El miedo verdadero es más antiguo, más carnal, más arraigado en la propiedad. Que los campesinos pidan la tierra. Que las mujeres voten. Que la escuela escape del confesionario. Que los obreros hablen a través de sindicatos. Que el Ejército deje de creerse propietario de la patria. Que la Iglesia ya no pueda transformar la sumisión en virtud. Que el pueblo, por fin, deje de ser decorativo.
En este asunto, la palabra «nacional» roza la farsa. El bando que se proclama nacional depende muy pronto del extranjero. Aviones italianos. Apoyo alemán. Puertos portugueses. Petróleo estadounidense. Circuitos bancarios internacionales. Créditos diferidos. Garantías privadas. El supuesto bando de la patria empieza por empeñar la patria. Pretende salvar España de la influencia exterior, pero tiende la mano a Roma, Berlín, Lisboa, los petroleros, los financieros, los proveedores, a todos aquellos capaces de transformar una rebelión militar en una máquina de guerra.
Había que atreverse: hacer pasar por cruzada nacional lo que fue también una operación internacional de restauración social. Los facciosos poseían ese talento particular para el blasfemo político: llamar España a lo que compraban en el extranjero, llamar salvación nacional a lo que hipotecaba el porvenir del país, llamar orden a lo que comenzaba por el perjurio, llamar cruzada a lo que se negociaba en liras, marcos, dólares, petróleo y bombas.4
La conspiración monárquica: el viejo mundo no se desarma
La conspiración no empieza con el primer disparo. Precede al 18 de julio. Los monárquicos alfonsinos, los militares facciosos, los apoyos financieros y los protectores internacionales llevan varios años preparando la destrucción de la República. Alfonso XIII, marchado al exilio en abril de 1931 sin abdicar formalmente de inmediato, sigue siendo para los monárquicos alfonsinos el soberano legítimo que debe restaurarse. Su nombre, su entorno, sus redes y el sueño de la restauración monárquica forman parte del paisaje conspirativo. La República no tiene delante solo a generales impacientes. Detrás de ellos hay un mundo social que quiere recuperar aquello que las urnas, las reformas y la escuela amenazan con arrebatarle.5
El primer gran nombre de esta financiación es Juan March. También aquí conviene ser preciso, porque las imprecisiones sirven a los defensores del viejo orden. Escribir simplemente que «la Banca March financia el golpe» puede ofrecer un flanco si por ello se entiende una operación bancaria institucional, aislable en un registro cuidadosamente ordenado. Pero escribir que Juan March, mediante su fortuna, sus sociedades, su banco, sus redes internacionales, sus garantías y su crédito personal, financia el bando golpista, eso sí se sostiene. En March, la persona, el banco, las compañías, las relaciones británicas, los activos exteriores y las garantías financieras forman un mismo aparato de poder.6
El capitalismo tiene a veces ese encantador pudor: está dispuesto a financiar golpes de Estado, pero agradecería que distinguiéramos cuidadosamente la persona jurídica, la persona física, la sociedad pantalla, la cuenta, el intermediario, el testaferro y la nota de gastos. Se degüella a la República, pero que la contabilidad siga siendo matizada.
El caso del Dragon Rapide posee la nitidez casi teatral de una escena de vodevil interpretada por conspiradores. Este avión, fletado por Luis Bolín, permite a Franco abandonar Canarias para llegar al Marruecos español y ponerse al frente del Ejército de África. El aparato se alquila gracias al dinero de Juan March y a los enlaces monárquicos de Londres. No es una anécdota de novela de espionaje ni un detalle pintoresco para aficionados a los bastidores. Es un acto logístico decisivo. Sin ese avión, Franco no llega a Marruecos en el momento previsto; sin esa llegada, la toma inmediata del mando del Ejército de África se vuelve infinitamente más incierta.7
Un golpe de Estado depende a veces de una pista de aterrizaje, una maleta, una firma y un financiero que adelanta el dinero. Las grandes tragedias también tienen recibos.
Juan March y el crédito: quién hizo financiable el golpe de Estado
March no paga únicamente un avión. Garantiza. Y quizá ahí esté el punto central. José Ángel Sánchez Asiaín insistió en esta distinción fundamental: tener dinero no es lo mismo que disponer de crédito. El bando franquista carece de oro, pero adquiere muy pronto algo igual de valioso: la confianza de los proveedores extranjeros. Hombres como March dan a la rebelión una superficie financiera. Transforman a generales facciosos en clientes solventes, a conspiradores en un poder en ciernes, una conjura en promesa de reembolso.8
La pregunta no es, por tanto, únicamente: ¿quién pagó? Es: ¿quién hizo financiable el golpe de Estado? ¿Quién garantizó a los proveedores que no negociaban con una banda de aventureros con galones, sino con los futuros dueños de España? ¿Quién convirtió el crimen político en una operación de crédito?
La República posee el oro del Banco de España. Los insurgentes disponen de una red de promesas, avales, deudas futuras, intereses estratégicos y complacencias internacionales. La guerra comienza también así: mediante una asimetría de crédito. De un lado, un Gobierno legal obligado a vender el pasado para defenderse. Del otro, rebeldes que hipotecan el futuro porque los poderosos ya apuestan por su victoria.
1 de julio de 1936: los contratos de Roma y la guerra preparada antes del golpe
Esta premeditación aparece todavía con mayor claridad en los cuatro contratos firmados en Roma el 1 de julio de 1936, diecisiete días antes del golpe de Estado, y sacados a la luz por el historiador Ángel Viñas entre los papeles de su firmante. Pedro Sainz Rodríguez, monárquico alfonsino, diputado de Renovación Española y figura del Bloque Nacional, compromete con la firma italiana SIAI la compra de aviones y todo un arsenal. Bombarderos Savoia-Marchetti, cazas Fiat CR.32, bombas, combustibles, ametralladoras, municiones: todo el equipamiento necesario para la modesta excursión patriótica, naturalmente. Porque todo el mundo sabe que un simple restablecimiento del orden se prepara con bombarderos modernos.9
Ahí está el detalle que hace saltar la cerradura del relato franquista. Si antes del 18 de julio se encargan aviones, bombas, combustible y municiones, no se prepara únicamente una reacción improvisada al desorden. Se prepara una guerra. Se anticipa que el golpe puede fracasar parcialmente y convertirse en un conflicto largo. Se prevé la continuación antes incluso de haber disparado el primer tiro. La espontaneidad, aquí, huele intensamente a contrato firmado.10
Para una simple insurrección de guarniciones no es necesario reservar un dispositivo aéreo ambicioso. En cambio, para transportar, bombardear, apoyar, abastecer y aterrorizar hacen falta aviones. Hace falta combustible. Hacen falta bombas. Hacen falta garantías. Hacen falta personas serias —es decir, peligrosas— alrededor de la mesa. Los contratos de Roma no son una consecuencia de la guerra civil. Forman parte de su premeditación.
La Italia fascista no fue sorprendida por la rebelión. La precedió mediante sus industriales, sus intermediarios políticos y, muy pronto, su aparato de Estado. Mussolini sabía reconocer una empresa reaccionaria cuando vestía uniforme y prometía aplastar a la izquierda. Comprende inmediatamente lo que la Europa democrática fingirá no ver: España es un laboratorio. Allí se prueban los aviones, las bombas, las cobardías y las palabras.11
La no intervención: el garrote diplomático contra la República
Después llega la gran ficción diplomática: la no intervención.
La palabra parece prudente. Habla en voz baja. Frecuenta los gabinetes ministeriales. Pretende impedir la europeización del conflicto. En realidad, funciona como un garrote aplicado al Gobierno legal. En agosto de 1936, más de dos docenas de países se adhieren a una política de no intervención, y el Comité de Londres instala pronto su liturgia de vigilancia, protestas mesuradas y mentiras equilibradas. El objetivo declarado es impedir que España se convierta en el campo de batalla de Europa. El efecto real consiste en privar a la República de una parte de su derecho a defenderse, mientras la Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal salazarista apoyan a los insurgentes.12
La no intervención no es, por tanto, neutralidad. Es una política de abstención selectiva cuyos efectos no son neutrales. Coloca en el mismo plano a un Gobierno legal y a militares rebeldes. Impide a la República comprar armas libremente. Permite a los fascismos intervenir bajo el velo transparente de la mentira. Es menos una abstención que una distribución desigual del derecho a sobrevivir.13
Hay que admirar el refinamiento. No se apuñala a la República. Se le atan las manos mientras otros afilan los cuchillos. Y a eso se lo llama prudencia.
El oro del pasado y la deuda del futuro
En el terreno financiero, la fórmula de Sánchez Asiaín sigue siendo una de las más esclarecedoras. La República paga la guerra con el ahorro del pasado, es decir, con las reservas de oro acumuladas por España. Burgos la financia con el ahorro del futuro, es decir, mediante endeudamiento exterior. La oposición lo dice todo. La República liquida un patrimonio monetario existente para comprar armas en un mercado hostil. Los insurgentes comprometen a la España futura, prometen pagos, obtienen aplazamientos y transforman la victoria esperada en garantía financiera.
La República vende su oro para sobrevivir. Los facciosos venden el futuro para vencer.
El propio Banco de España recuerda que el país quedó pronto dividido en dos zonas, con dos instituciones emisoras y dos pesetas distintas, y que una gran parte de las reservas de oro fue enviada a Moscú para financiar el esfuerzo de guerra republicano. Este hecho, deformado durante décadas por la propaganda franquista bajo el cómodo mito del «oro de Moscú», debe devolverse a su contexto: un Gobierno legal, privado de acceso normal a los mercados de armamento, utiliza sus reservas para comprar los medios con los que resistir.14
Pero la propaganda franquista necesitaba un cuento moral. El oro republicano se convirtió en traición, mientras las deudas franquistas con los fascismos se convertían en patriotismo. El oro legal enviado para comprar armas sería, por tanto, infame; las facturas italianas y alemanas contraídas por los rebeldes serían, en cambio, honorables. Había que pensarlo. El cinismo, cuando gana la guerra, adopta modales de virtud contable.15
Los insurgentes no tienen el oro, pero poseen el crédito político de las dictaduras fascistas y el crédito comercial de los medios privados. Italia y Alemania no entregan únicamente material. Conceden confianza estratégica. Al final de la guerra, las deudas españolas con Italia y Alemania recordarán que la victoria franquista no descendió del cielo sobre una nube de providencia católica. Fue entregada, transportada, facturada, renegociada, parcialmente condonada, pero nunca gratuita.16
El Espíritu Santo tenía proveedores.
Petróleo, aviones y puertos: el motor extranjero de la «cruzada nacional»
A estos mecanismos se añade el petróleo, nervio moderno de la guerra. Sin combustible, los aviones se convierten en chatarra, los camiones en estatuas y las columnas en procesiones inmóviles. Ese combustible llega en gran medida del extranjero y, en una proporción decisiva, de compañías estadounidenses, con Texaco en primera línea. Milagro de la geografía comercial: el petróleo anunciado para otros destinos llega allí donde la rebelión lo necesita.17
Sin petróleo no hay guerra moderna. Sin combustible no hay ofensiva sostenida. Sin abastecimiento no hay movilidad. El franquismo necesita energía. Se la proporcionan. En algunos casos le dan incluso más que barriles: facilidades, crédito, información comercial útil, una benevolencia que no se atreve a decir su nombre.18
Una vez más, la cruzada nacional lleva motor extranjero. Circula con gasolina estadounidense, vuela con aviones italianos y alemanes, utiliza puertos portugueses, paga con deudas futuras, se cubre de misas y comunicados y después viene a explicar al mundo que salva España del extranjero. Hacía falta mucha fe, o mucho cinismo, para llamar a eso independencia nacional.
Una guerra interior hecha posible desde el exterior
Hay que dejar de contar, por tanto, la sublevación franquista como un asunto puramente español. Es evidente que el conflicto tiene causas internas: crisis del Estado, violencia social, enfrentamiento religioso, miedo revolucionario, radicalización de las derechas, impaciencia obrera, memoria colonial del Ejército, brutalidad de las relaciones de clase. Todo eso existe. Pero el paso de la conspiración al poder armado depende de un entorno internacional preciso. La República queda aislada en nombre de la prudencia. Los insurgentes reciben ayuda en nombre del orden. La primera debe justificar cada compra. Los segundos se benefician de la anticipación complaciente de quienes ya los consideran probables vencedores.
Es aquí donde la vieja retórica del realismo revela su miseria moral. Las democracias pretenden evitar una guerra europea. La prefiguran. Pretenden mantener el equilibrio. Instalan la impunidad. Pretenden no elegir. Eligen por defecto el bando al que los fascismos arman de verdad. La no intervención no impide la intervención. Impide sobre todo una intervención eficaz en favor del Gobierno legal.
A eso se lo llama equilibrio y realismo. Debe leerse: abandono organizado y complicidad que no quiere mancharse los puños de la camisa.
La financiación del golpe del 17-18 de julio de 1936 no es, por tanto, un apéndice económico de la guerra de España. Es uno de sus reveladores principales. Muestra que la sublevación no fue ni improvisada, ni estrictamente militar, ni simplemente patriótica. Fue preparada por monárquicos, hecha posible por financieros, sostenida por dictaduras, abastecida por empresas extranjeras y después blanqueada por el vocabulario diplomático. Detrás de las proclamas de salvación nacional aparecen contratos, créditos, garantías, aviones, combustible, bancos, deudas y facturas.
La República española no fue vencida únicamente por generales. Fue atacada por una coalición de miedos. Enfrente, el franquismo supo tranquilizar a propietarios, obispos, estados mayores, fascistas y consejos de administración. Les prometía orden. Ellos le dieron dinero, armas, silencio o tiempo.
Por eso la palabra «nacional» debe manejarse con pinzas o, mejor todavía, con ironía. Se decía español hasta los huesos, pero compraba su victoria a crédito en los mercados de la reacción internacional. Pretendía salvar la patria. Empezó por hipotecarla. Pretendía defender España del extranjero. Introdujo al extranjero en el corazón mismo de su nacimiento político.
Traducir las palabras de los vencedores
Poner los relojes a la hora de la realidad significa, por tanto, llamar a las cosas por su nombre.
El 18 de julio de 1936 no fue la explosión súbita de una España naturalmente fratricida. Fue la culminación de una conspiración armada contra una República legal. Esa conspiración tuvo sus financiadores, sus corredores, sus aviones reservados, sus contratos italianos, sus petroleros estadounidenses, sus garantías bancarias y sus diplomáticos prudentes. La República no fue únicamente abandonada; fue encerrada en una jaula de papel mientras sus enemigos recibían metal, combustible y crédito.
A eso se lo llamó no intervención. Hay que leer: complicidad por abstención.
A eso se lo llamó guerra civil. Hay que leer: golpe internacionalizado contra una República.
A eso se lo llamó cruzada nacional. Hay que leer: restauración social financiada a crédito.
Y en esa traducción, por fin, la Historia deja de servir a los vencedores.
Bibliografía de control
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1 Sobre las elecciones legislativas del 16 de febrero y 1 de marzo de 1936, véase el Buscador histórico de diputados del Congreso de los Diputados y las síntesis de Javier Tusell, Santos Juliá y Julián Casanova. La coalición del Frente Popular obtiene la mayoría parlamentaria y Manuel Azaña vuelve al Gobierno antes de ser elegido presidente de la República.
2 Sobre la fabricación franquista de una ilegitimidad electoral y el debate historiográfico en torno al fraude, véanse especialmente Francisco Sánchez Pérez, dir., Los mitos del 18 de julio, Crítica, 2013; Julián Casanova, República y guerra civil, Crítica / Marcial Pons, 2007; y Carmelo Romero Salvador, El Frente Popular de izquierdas, 2026.
3 Sobre las causas internas del conflicto —crisis del Estado, violencia política, cuestión agraria, reforma militar, secularización y miedos sociales—, véanse Julián Casanova, República y guerra civil; Paul Preston, The Coming of the Spanish Civil War; y Helen Graham, The Spanish Republic at War, 1936-1939.
4 La fórmula «cruzada» fue instituida por la propaganda franquista y por una parte de la jerarquía católica española. Sobre el nacionalcatolicismo y la sacralización de la guerra, véanse Hilari Raguer, La pólvora y el incienso, Península, 2001; Alfonso Botti, Cielo y dinero, Alianza, 1992; y Julián Casanova, La Iglesia de Franco, Crítica, 2001.
5 Alfonso XIII abandona España después de las elecciones municipales de abril de 1931 sin abdicar formalmente de inmediato; los monárquicos alfonsinos continúan después trabajando por una restauración. Sobre los ambientes monárquicos, Renovación Española y el Bloque Nacional, véanse Eduardo González Calleja, Contrarrevolucionarios, Alianza, 2011, y Ángel Viñas, ¿Quién quiso la guerra civil?, Crítica, 2019.
6 Sobre Juan March, su papel como financiador, avalista y potencia financiera de las derechas antirrepublicanas, véanse José Ángel Sánchez Asiaín, La financiación de la guerra civil española. Una aproximación histórica, Crítica, 2012; Ángel Viñas, ¿Quién quiso la guerra civil?, Crítica, 2019; y Mercedes Cabrera, Juan March (1880-1962), Marcial Pons, 2011.
7 Sobre el Dragon Rapide, su fletamento por Luis Bolín, la salida de Croydon y el traslado de Franco al Marruecos español, véanse Paul Preston, Franco. A Biography; Ángel Viñas, ¿Quién quiso la guerra civil?; y los dosieres documentales del Virtual Spanish Civil War Museum, «Avión Dragon Rapide».
8 La distinción entre dinero disponible y crédito movilizable es central en José Ángel Sánchez Asiaín: la República paga en gran medida con el ahorro acumulado en el pasado, mientras Burgos financia la guerra mediante endeudamiento, es decir, con el ahorro futuro. Véase La financiación de la guerra civil española, Crítica, 2012.
9 Ángel Viñas sacó a la luz y comentó los cuatro contratos firmados en Roma el 1 de julio de 1936 por Pedro Sainz Rodríguez con la Società Idrovolanti Alta Italia. Véanse Ángel Viñas, «Una sublevación militar con ayuda fascista», El País, 17 de julio de 2012; Los mitos del 18 de julio, Crítica, 2013; y ¿Quién quiso la guerra civil?, Crítica, 2019.
10 Los llamados contratos «romanos» incluían aviones, bombas, combustible, ametralladoras y municiones por una cantidad cercana a los 39 millones de liras. Las cifras precisas varían según las presentaciones documentales, pero la conclusión histórica permanece: se negoció ayuda aérea y militar antes de la sublevación del 17-18 de julio de 1936.
11 Sobre la intervención italiana y el nacimiento de la Aviación Legionaria, véanse John F. Coverdale, Italian Intervention in the Spanish Civil War, Princeton University Press, 1975; Morten Heiberg, Emperadores del Mediterráneo, Crítica, 2004; y Ángel Viñas, ¿Quién quiso la guerra civil?.
12 El acuerdo de no intervención se propone en el verano de 1936, es suscrito por veintisiete Estados europeos y va seguido de la constitución en Londres del Comité de No Intervención, reunido desde septiembre de 1936. Véanse Enrique Moradiellos, Neutralidad benévola, Pentalfa, 1990; Michael Alpert, A New International History of the Spanish Civil War, Palgrave, 1994; y Ángel Viñas, La soledad de la República, Crítica, 2006.
13 La tesis de una abstención no neutral está ampliamente desarrollada por Ángel Viñas en La soledad de la República: el embargo diplomático y comercial golpea mucho más duramente al Gobierno legal que a los insurgentes, ya asistidos por Alemania, Italia y Portugal.
14 El Banco de España recuerda que la guerra divide el país en dos zonas, dos instituciones de emisión y dos pesetas reconocidas únicamente en sus respectivas zonas; una gran parte de las reservas de oro es enviada a Moscú y utilizada para financiar la guerra. Véase Banco de España, «Historia del Banco de España», sección 1936-1939.
15 Sobre el oro del Banco de España y la deformación propagandística de la expresión «oro de Moscú», véanse Ángel Viñas, El oro español en la guerra civil, Ministerio de Hacienda, 1976; El oro de Moscú, Grijalbo, 1979; y La soledad de la República, Crítica, 2006.
16 Sobre las deudas de guerra contraídas por el bando franquista con Italia y Alemania, véanse José Ángel Sánchez Asiaín, La financiación de la guerra civil española; Gerald Howson, Arms for Spain, John Murray, 1998; y Robert H. Whealey, Hitler and Spain, University Press of Kentucky, 1989.
17 Sobre Texaco y el suministro de petróleo al bando franquista, véanse Adam Hochschild, Spain in Our Hearts, Houghton Mifflin Harcourt, 2016; Guillem Martínez Molinos, trabajos sobre Texaco y la guerra de España; y Virtual Spanish Civil War Museum, «Texaco and Ford: Against Roosevelt and for Franco». Las estimaciones habituales hablan de más de 3,5 millones de toneladas de productos petrolíferos vendidos a los franquistas, por unos 20 millones de dólares.
18 Adam Hochschild subraya también que Torkild Rieber, dirigente de Texaco, no solo suministró petróleo a crédito a los franquistas, sino que transmitió información sobre cargamentos destinados a la República. Véase Spain in Our Hearts, capítulos dedicados a los voluntarios estadounidenses y a las compañías petroleras.