Resistencia antifranquista, 1939-1977
Ni cautivos ni desarmados
La resistencia antifranquista de 1939 a 1977
El 1 de abril de 1939, en Burgos, Franco firmó el último parte militar de la guerra. La fórmula estaba hecha para entrar en el mármol de los vencedores:
«En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.»1
Era una inocentada del primero de abril. Los ingenuos se la creyeron. Los demás, más numerosos, fingieron creerla por razón de Estado.
Ahí está todo. El tono de cuartel, la sequedad del acta administrativa, la fría satisfacción del verdugo que acaba de obtener la firma del cadáver. La guerra habría terminado porque Franco lo había dicho. España estaría pacificada porque el vencedor había guardado el sable en la vitrina. Los republicanos serían cautivos y estarían desarmados. El pueblo habría doblado la rodilla. Los vencidos habrían aceptado la cruz, el retrato del Caudillo, el saludo fascistizante, la Iglesia victoriosa, la prisión necesaria y el nuevo orden.
Había que atreverse a llamar a eso el final de la guerra. Lo que terminaba el 1 de abril de 1939 era el conflicto militar convencional. Lo que comenzaba, o más exactamente continuaba bajo otras formas, era la larga guerra interior de la dictadura contra los vencidos y de los vencidos contra la dictadura. Franco había conquistado el Estado, no todas las conciencias. Había tomado Madrid, no todos los silencios. Había derrotado al ejército republicano, no había matado el republicanismo.
El parte decía: cautivo y desarmado.
La realidad respondió: clandestino y vivo.
1939: la «paz» franquista y la represión de los vencidos
La España de 1939 no era una España reconciliada. Era un país vencido, ocupado, vigilado, hambriento, denunciado y encarcelado. La dictadura no gobernaba una nación convertida. Gobernaba una sociedad aterrorizada. La paz franquista no era una paz: era un cuartel levantado sobre un cementerio, una sacristía sobre una prisión y un registro civil sobre las fosas.
Ya en febrero de 1939, antes incluso del final oficial de los combates, la Ley de Responsabilidades Políticas organizó la persecución judicial, económica y social de los vencidos. Castigaba a quienes habían apoyado a la República y retrotraía sus efectos hasta el 1 de octubre de 1934, fecha de la revolución de Asturias.2
Admirable prodigio jurídico: se declara culpable después a quien había actuado antes dentro de otra legalidad. El franquismo no solo fusiló el futuro. También corrigió el pasado en los tribunales.
La Causa General, abierta en 1940, prolongó la operación. No se trataba únicamente de juzgar, sino de fabricar una memoria de Estado: criminalizar la República, fomentar la delación, alimentar los consejos de guerra y dar a los archivos la voz de la policía. El régimen no quería únicamente vencer. Quería que los vencidos aparecieran culpables de haber sido vencidos.3
La justicia franquista no era un instrumento de verdad. Era una máquina destinada a producir culpables conforme a las necesidades del vencedor. En estas condiciones, hablar de pacificación pertenece menos al lenguaje de la Historia que al de los estados mayores. La paz franquista era una paz de alambradas: cárcel, exilio, confiscación, depuración, miedo, hambre y silencio forzado.
Pero el silencio impuesto no es sumisión. Una boca cerrada por el terror no se convierte en una boca convencida.
Muchos se ocultaron. Otros cruzaron la frontera. Otros permanecieron en pueblos, minas, fábricas, universidades, parroquias obreras, imprentas clandestinas y redes familiares. La España oficial se proclamaba una, sometida, católica y nacional. Bajo esa fachada seguían existiendo fidelidades republicanas, socialistas, anarquistas, comunistas, nacionalistas vascas y catalanas, libertarias, cristianas obreras y democráticas.
El franquismo imprimía la unidad en sus carteles. La sociedad real conservaba las fracturas bajo la piel.
Los huidos y el nacimiento del maquis antifranquista
La resistencia armada nació primero de la huida. Quienes más tarde serían llamados maquis no eran siempre, al comienzo, soldados organizados. Muchos eran huidos: hombres condenados de antemano por su pasado político, su afiliación sindical, su familia o su simple reputación de «rojos». No subían al monte por romanticismo. No elegían la montaña para contemplar las estrellas con un viejo fusil y una leyenda en el bolsillo. Subían porque bajar al pueblo significaba con frecuencia prisión, consejo de guerra o cementerio.
El maquis fue primero una geografía de supervivencia.
El régimen comprendió muy pronto la importancia de las palabras. No quería reconocer combatientes políticos. Inventó bandidos. La propaganda habló de bandoleros, forajidos y delincuentes comunes. Antes de matar a los hombres había que ensuciar su nombre. Antes de eliminar la resistencia había que robarle su significado. El guerrillero no debía aparecer como un republicano que continuaba luchando contra una dictadura, sino como un ladrón, un salvaje, un problema policial, un resto vergonzoso del desorden.4
El franquismo poseía una notable habilidad para transformar la política en delincuencia cuando procedía de los vencidos y la delincuencia en orden cuando procedía del poder.
Después del fracaso del Val d’Aran, el término maquis se generalizó, a menudo con una intención cómoda: desespañolizar simbólicamente la resistencia, presentarla como una importación extranjera, un cuerpo venido de Francia, una enfermedad de frontera. Es un procedimiento antiguo. Cuando el pueblo resiste, se dice que está manipulado desde el exterior. Cuando los generales reciben aviones, créditos, petróleo y bendiciones extranjeras, se llama patriotismo.
La resistencia armada no fue ni marginal ni uniforme. Existió en León-Galicia, Asturias, Cantabria, Cataluña, Extremadura, Andalucía, el centro peninsular, Levante y Aragón. No hubo una guerrilla, sino guerrillas, diferentes según las regiones, tradiciones políticas, relieves, redes sociales, intensidad de la represión y vínculos con el exilio.
El franquismo quería una España uniforme. Hasta la resistencia le respondió en plural.
1944: el Val d’Aran y la Operación Reconquista de España
Uno de los momentos más espectaculares fue la operación llamada Reconquista de España, en octubre de 1944. Miles de guerrilleros españoles, muchos de ellos procedentes de la Resistencia francesa contra los nazis, cruzaron los Pirineos e intentaron establecer una cabeza de puente en el Val d’Aran. La operación fracasó militarmente. La insurrección popular esperada no se produjo, las fuerzas franquistas reaccionaron y las columnas tuvieron que retirarse.5
Pero el fracaso militar no elimina su significado histórico. Hombres que habían combatido a Franco, después a Hitler y de nuevo a Franco regresaban cinco años después para responder al parte de Burgos. Franco había escrito: la guerra ha terminado. Ellos atravesaban los Pirineos para recordarle que los vencedores no deciden solos cuánto dura una injusticia.
Después de 1944, algunas columnas penetraron hacia el interior y se unieron a grupos que permanecían en las montañas desde el final de la guerra. El periodo de mayor actividad se sitúa generalmente entre 1945 y 1947. Después llegaron el aislamiento, el aumento de la represión, los cambios estratégicos del Partido Comunista, el agotamiento de las redes, las infiltraciones y las contrapartidas, grupos manipulados o integrados por guardias civiles e informadores destinados a engañar a quienes apoyaban a la guerrilla.
El franquismo no se limitaba a combatir. Infiltraba, simulaba, disfrazaba y contaminaba. Sabía que una guerrilla vive de la confianza, así que fabricaba desconfianza; sabía que respiraba gracias a las casas, así que envenenaba los pueblos; sabía que dependía del llano, de quienes no llevaban siempre un fusil pero sin los cuales el fusil no comía, no dormía y no sabía adónde dirigirse.
Por eso golpeaba a enlaces, familias, mujeres, campesinos, mensajeros y vecinos. La dictadura comprendió algo que los relatos heroicos olvidan con facilidad: una resistencia no es únicamente un hombre armado.
Es una sociedad secreta de gestos cotidianos.
La AGLA, Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, fue duramente golpeada a partir de 1949 y declinó hasta quedar prácticamente desmantelada a comienzos de los años cincuenta.6 En Aragón y el Levante aragonés, uno de los casos emblemáticos fue Francisco Serrano Iranzo, El Rubio, nacido en Castellote, Teruel, activo en el Maestrazgo, Els Ports y la Terra Alta. Murió en agosto de 1954 después de un enfrentamiento en Els Reguers, Cataluña. Sus restos fueron identificados en 2021 mediante el programa genético de la Generalitat.7
Hasta los muertos tuvieron que esperar mucho tiempo para recuperar su nombre.
Si hablamos de los últimos maquis antifranquistas en un sentido más amplio, la cronología se prolonga. Ramón Vila Capdevila murió en 1963. José Castro Veiga, El Piloto, fue abatido en Galicia en 1965.8 La guerra declarada terminada en 1939 continuaba todavía en montañas, caminos, granjas, escondites y cuerpos perseguidos.
Franco había anunciado un final.
La Historia le opuso supervivencias armadas.
El llano: mujeres y redes civiles de la guerrilla
Reducir aquella resistencia a unos cuantos fusiles sería un error. El maquis no era solamente el hombre armado en la montaña. Era también la mujer que escondía, el niño que transmitía, el campesino que alimentaba, el minero que informaba, el vecino que mentía a la Guardia Civil, el sacerdote obrero que protegía una reunión y el exiliado que imprimía un panfleto en Toulouse, París o México.
Francisco Martínez López, El Quico, uno de los últimos testigos directos de la guerrilla, insistió en esta dimensión: la resistencia no vivía en un paisaje salvaje separado del pueblo, sino dentro de una estructura popular de viviendas, información, escondites, enlaces y confianza.9
Eso era precisamente lo que el franquismo quería borrar. El maquis no estaba únicamente en la montaña. Estaba en cocinas, establos, graneros, sótanos, miradas desviadas, silencios mantenidos, panes compartidos y mentiras pronunciadas ante la Guardia Civil con el miedo en el cuerpo.
El llano era esencial. Los apoyos no armados, a menudo más vulnerables que los hombres del monte, pagaron un precio terrible. Los enlaces proporcionaban comida, refugio, información, cuidados y comunicaciones. Miles fueron detenidos, torturados o fusilados. El franquismo no castigaba únicamente al combatiente.
Castigaba la solidaridad.
Las mujeres desempeñaron un papel decisivo. El régimen, profundamente patriarcal, prefería imaginarlas como auxiliares, amantes, madres o víctimas, nunca como sujetos políticos de pleno derecho. Los testimonios lo contradicen. El Quico sostuvo que, en León y Galicia, la guerrilla habría sido imposible sin las mujeres.10 Distribuían propaganda, servían de enlace, mantenían las casas, protegían a clandestinos y sufrían una represión especialmente brutal porque transgredían al mismo tiempo el orden político y el orden sexual.
Remedios Montero, Celia, antigua guerrillera de la AGLA, describió en sus memorias el trabajo del llano: alimentos, medicamentos, ropa e información sobre los movimientos de las fuerzas de seguridad. Después de incorporarse al monte, afirmó haber participado en las decisiones y no haber vivido su experiencia como una simple prolongación femenina de la lucha de los hombres.11
Sin aquellas mujeres, muchos héroes habrían carecido de pan, escondites, información y, a veces, valor.
El exilio republicano como retaguardia política
Junto a la resistencia armada continuó la clandestinidad política. El PCE, el PSOE, la UGT, la CNT, republicanos, libertarios y nacionalistas vascos y catalanes mantuvieron, con resultados muy diferentes, estructuras interiores y exteriores. El exilio no fue un cementerio político. Siguió siendo una retaguardia.
Toulouse, París, México, Bruselas, Ginebra, imprentas, reuniones, periódicos, circulares, colectas, documentación falsa y pasos fronterizos componían otro mapa de España: una España que Franco no podía inscribir en el registro de la victoria porque circulaba fuera de su catastro.
La prensa anarquista española en Francia sirvió, entre otras cosas, para mantener las organizaciones, criticar al franquismo y relacionar el exilio con el interior. Durante los años sesenta, la reunificación parcial del movimiento libertario estuvo acompañada por la voluntad de reactivar la acción antifranquista, incluida la clandestina.12
La dictadura lo sabía. Vigilaba, infiltraba, prohibía y negociaba con los Estados vecinos para reducir los márgenes del exilio. Franco no temía únicamente los fusiles. También temía papeles, periódicos, reuniones y viejos militantes que no habían aprendido a morir políticamente.
Las democracias vecinas fueron cansándose. Francia, sobre todo desde los años cincuenta y sesenta, se mostró cada vez más sensible a las peticiones españolas de control en nombre de las relaciones bilaterales, la seguridad y los intereses diplomáticos. La resistencia antifranquista no tuvo que enfrentarse únicamente a Franco, sino también a aquella fatiga interesada de democracias que siempre conservaban algunos principios disponibles para los discursos y algunos arreglos disponibles para las dictaduras útiles.
1957-1962: de las sierras a las minas y las fábricas
Desde los años cincuenta, y sobre todo durante los sesenta, el centro de gravedad de la oposición se desplazó. El maquis declinaba. La fábrica, la mina, la universidad y el barrio popular tomaban el relevo. La resistencia descendía de las sierras y volvía a subir por los pozos mineros. Cambiaba, en parte, el fusil por el panfleto, la asamblea y la huelga.
El régimen no se equivocaba: un obrero organizado puede ser tan peligroso como un guerrillero cuando empieza a hablar en nombre de todos.
Las huelgas mineras asturianas de 1962 marcaron un punto de inflexión. Iniciada en las minas asturianas, la protesta se extendió a veintiocho provincias. El Gobierno intentó sofocarla, pero provocó solidaridad internacional y recibió el apoyo de la oposición clandestina y exiliada, del movimiento estudiantil y de intelectuales.13
Los mineros hicieron lo que más temía el régimen: arrancaron el miedo de su aislamiento. Demostraron que un conflicto local podía volverse nacional, que una reivindicación obrera podía convertirse en política y que una dictadura podía temblar ante hombres salidos del carbón.
La dictadura quería trabajadores mudos. Los mineros hicieron hablar a las galerías.
También aquí las mujeres ocuparon la primera línea. Anita Sirgo, militante asturiana, participó en las redes femeninas que apoyaron la huelga de 1962. Sufrió torturas de la Guardia Civil, el rapado de la cabeza y la humillación utilizada como arma política y sexual.14
El franquismo golpeaba los cuerpos para alcanzar a las familias, las familias para alcanzar los pueblos y los pueblos para alcanzar la memoria. Sabía que la vergüenza se convierte en policía cuando entra en las casas. Anita Sirgo y otras mujeres recuerdan, sin embargo, que la resistencia no se reduce nunca a los nombres cómodos de los manuales. También está hecha de quienes organizan cajas de solidaridad, piquetes, información, manifestaciones, comidas, octavillas y sistemas de alerta.
No basta con rapar una cabeza para doblegar una conciencia.
Comisiones Obreras y la oposición sindical al Sindicato Vertical
Las Comisiones Obreras nacieron precisamente en esa zona de contacto entre reivindicación social y oposición política. La mina de La Camocha, en Gijón, suele citarse como uno de sus focos fundadores: la huelga de enero de 1957 impuso una comisión de trabajadores como interlocutora frente al Sindicato Vertical franquista.15
El régimen había creado un sindicato vertical para encerrar a la clase obrera dentro de una ficción corporativa. Los trabajadores respondieron creando comisiones reales.
Una vez más, la vida encontró la grieta de la fachada.
Dentro de la lógica franquista, toda reivindicación obrera organizada terminaba convertida en un problema de orden público. El proceso 1001, abierto después de la detención de la dirección de CCOO en junio de 1972, mostró la continuidad represiva en los últimos años de la dictadura. El franquismo perseguía a los sindicalistas porque encarnaban una clase obrera que se negaba a permanecer dentro del decorado social del régimen.16
Se querían productores silenciosos.
Se obtuvieron trabajadores que hablaban.
Catolicismo obrero: la ruptura dentro del nacionalcatolicismo
La oposición penetró también en determinados medios católicos. Este punto es fundamental porque quebró el nacionalcatolicismo desde dentro. A partir de los años sesenta, organizaciones como la HOAC y la JOC, especialmente en regiones industriales, preocuparon a las autoridades franquistas. Sectores del catolicismo obrero fueron vigilados precisamente cuando se desarrollaban nuevos movimientos sociales contra el régimen.17
El franquismo había querido apropiarse de Dios. Descubrió que hasta dentro de su Iglesia algunas conciencias empezaban a escaparle.
Un sacerdote junto a los pobres resulta más peligroso que un sacerdote con un incensario. El segundo bendice. El primero acusa.
1962: el Contubernio de Múnich y la oposición democrática
La oposición democrática intentó coordinarse también desde el exterior. En junio de 1962, el IV Congreso del Movimiento Europeo reunió en Múnich a cerca de ciento veinte opositores españoles procedentes del interior y del exilio.18 El régimen bautizó el acontecimiento como Contubernio de Múnich. La palabra es perfecta: mitad policía, mitad sacristía, mitad portería. Convierte una reunión democrática en conspiración antipatriótica.
Este era uno de los talentos lingüísticos del franquismo. Cuando españoles reclamaban libertades europeas se llamaba contubernio. Cuando Franco estrechaba la mano de los poderosos se llamaba diplomacia.
Pero el hecho permanece. Veintitrés años después del supuesto final de todo conflicto, españoles del interior y del exilio discutían públicamente las condiciones democráticas necesarias para la integración de España en Europa. El régimen pretendía haber pacificado el país y tenía que explicar por qué los españoles seguían reclamando en Múnich lo que Madrid les negaba: libertades, pluralismo, democracia y Europa política.
País Vasco: represión, ETA y las bifurcaciones de la clandestinidad
También deben considerarse las oposiciones nacionales y territoriales. El franquismo era centralista, castellano en buena parte de su imaginario y hostil a las lenguas e identidades periféricas cuando escapaban al folklore que podía controlar. En Cataluña, País Vasco y Galicia, tanto en medios obreros como culturales, la resistencia pasó también por la lengua, la imprenta, las reuniones prohibidas, la memoria familiar, la canción, la huelga, la manifestación y la obstinación de no llamar libertad a lo que solo era obediencia.
No siempre tuvo el rostro espectacular de las armas. A veces tenía el rostro de un libro impreso, una lengua hablada pese a las prohibiciones, una canción aprendida en voz baja o el nombre de un muerto transmitido a un niño.
En el País Vasco, el nacionalismo clandestino se recompuso. Antes de ETA existió todo un mundo vasco comprimido: lengua vigilada, memoria herida, juventud nacionalista impaciente, catolicismo vasco parcialmente disidente, exilio, clandestinidad y cierre de las vías políticas. ETA nació en 1959 dentro de ese subsuelo, a partir de una ruptura de jóvenes nacionalistas que consideraban demasiado pasivo al PNV y en un contexto de represión política, lingüística y cultural.19
Aquí hay que sostener al mismo tiempo dos verdades. Sería históricamente deshonesto separar el nacimiento de ETA del franquismo: prohibición de los espacios políticos, represión lingüística, humillación de las identidades, ausencia de vías democráticas y clandestinidad impuesta. Las dictaduras fabrican sótanos y después se sorprenden de que algunos hombres aprendan allí la violencia.
Pero combatir a Franco no convierte en legítimo todo lo ocurrido después de Franco. Hubo un antes de ETA y un después de ETA, y en ese después se produjeron bifurcaciones decisivas. La escisión entre ETA político-militar y ETA militar impide hablar de un bloque único. ETA político-militar intentó combinar lucha armada, movilización social y salida política y terminó abandonando progresivamente las armas. ETA militar tomó otro camino y mantuvo la violencia como eje principal incluso después de la muerte de Franco, de la Constitución de 1978 y de la autonomía vasca.20
El caso de Pedro Ignacio Pérez Beotegi, Wilson o Iñaki Pérez Beotegi, resulta significativo. Vinculado al comando relacionado con el atentado contra Carrero Blanco, integrado después en ETA político-militar y detenido en 1975, perteneció a la generación que la Ley de Amnistía de 1977 devolvió al espacio político legal.21
Su trayectoria posterior, vinculada a Euskadiko Ezkerra y Auzolan, muestra una de las salidas posibles: no inocencia retrospectiva ni desaparición de los muertos, sino tránsito de la clandestinidad armada a la política. El caso resulta especialmente significativo porque el atentado contra Carrero Blanco, uno de los golpes más importantes contra el núcleo del régimen, quedó cubierto por la amnistía como acto de intencionalidad política anterior a las fechas establecidas por la ley.22
La memoria perezosa soporta mal estos matices. Hubo hombres que aprendieron las armas en el subsuelo franquista y que, cuando volvió a ser posible la política, salieron de él. Otros permanecieron dentro.
La Historia no es un bloque. Las propagandas adoran los bloques precisamente porque evitan pensar.
Hay que distinguir rigurosamente tres cosas: el contexto franquista que explica la aparición de una clandestinidad vasca radicalizada; las decisiones políticas posteriores a Franco que separaron a quienes abandonaron las armas de quienes prolongaron su uso; y los crímenes que ninguna procedencia, ninguna herida y ninguna memoria de represión pueden absolver.
1977: República en el exilio, amnistía y fin de un ciclo
Ahí es donde 1977 adquiere todo su peso. Franco había proclamado el final de la guerra en 1939. La República en el exilio no dio simbólicamente por terminado su mandato hasta junio de 1977, después de las primeras elecciones democráticas celebradas desde la guerra, al reconocer una nueva legitimidad surgida de las urnas.23
Unos meses después, la Ley de Amnistía eliminó penalmente buena parte de aquella prolongada guerra política: militantes antifranquistas, exiliados y clandestinos, pero también, y de ahí su controversia posterior, determinadas actuaciones de autoridades, funcionarios y agentes del orden implicados en la represión.24
La amnistía fue al mismo tiempo liberación y losa. Abrió las cárceles de los vencidos, pero contribuyó a cerrar los tribunales para quienes habían ejercido la represión. El régimen había llamado paz al terror. La Transición llamó reconciliación a una operación en la que se liberó a los resistentes mientras se pedía a las víctimas que no miraran demasiado hacia sus torturadores.
Salieron los presos políticos.
La impunidad entró por la misma puerta, muy educadamente y con los papeles en regla.
El franquismo nunca gobernó, por tanto, una España unánimemente convertida. Gobernó mediante el miedo una España fracturada, vigilada y resistente. El último parte de Burgos decía: «La guerra ha terminado». Lo que debía entenderse era más modesto: el ejército republicano ha sido derrotado.
El republicanismo no estaba cautivo ni desarmado. Se volvió clandestino, campesino, obrero, femenino, estudiantil, exiliado, cultural, sindical, a veces parroquial, todavía armado en algunos lugares y progresivamente civil. Pasó del fusil al panfleto, de la sierra a la mina, de la frontera al barrio, del escondite al comité y de la guerrilla a la huelga.
El régimen podía levantar arcos de triunfo, imprimir carteles, bendecir a sus muertos escogidos, inventar bandidos, falsificar procesos y proclamar una España «una, grande y libre». Bajo la piedra oficial seguía respirando algo. No siempre era heroico en el sentido cómodo de la palabra. A menudo era pobre, peligroso, contradictorio, desesperado e improvisado.
Pero estaba allí.
Y bastaba para destruir la gran fábula franquista.
España no había sido convertida. Había sido sometida.
Y una sociedad sometida nunca es una sociedad pacificada. Es una sociedad en la que la libertad aprende primero a hablar en voz baja antes de volver a hablar en voz alta.
Notas y fuentes
- Último parte de guerra franquista, Burgos, 1 de abril de 1939: «Cautivo y desarmado el Ejército Rojo […] La guerra ha terminado». ↩
- Ley de Responsabilidades Políticas, 9 de febrero de 1939. Represión judicial, económica y social de los vencidos, con efectos retroactivos hasta el 1 de octubre de 1934, fecha de la revolución de Asturias. ↩
- Causa General, abierta en 1940. Procedimiento de criminalización oficial de la República y construcción de un relato policial de los vencedores. ↩
- Sobre la denominación franquista de los resistentes como bandoleros, forajidos o delincuentes comunes, véanse especialmente la legislación de 1947 sobre bandidaje y terrorismo y los estudios dedicados al maquis antifranquista y a los huidos. ↩
- Reconquista de España, octubre de 1944. Operación del Val d’Aran dirigida por fuerzas guerrilleras españolas, muchas de ellas procedentes de la Resistencia francesa, bajo dirección comunista. Fracaso militar, pero importante dimensión simbólica. Las cifras exactas deberán vincularse a la fuente definitiva seleccionada para la edición. ↩
- AGLA, Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón. Importante actividad en Levante y Aragón, represión intensificada desde 1949 y práctico desmantelamiento a comienzos de los años cincuenta. ↩
- Francisco Serrano Iranzo, El Rubio, guerrillero del Maestrazgo, Els Ports y la Terra Alta, muerto en agosto de 1954 en Els Reguers. Sus restos fueron identificados en 2021 mediante el programa genético de la Generalitat. ↩
- Ramón Vila Capdevila, Caracremada, muerto en 1963; José Castro Veiga, El Piloto, abatido en Galicia en 1965. Son citados habitualmente entre los últimos maquis antifranquistas en sentido amplio. ↩
- Francisco Martínez López, El Quico, importante testigo de la guerrilla, insiste en sus testimonios en el papel de las redes civiles, el llano y los enlaces. ↩
- Testimonios de Francisco Martínez López, El Quico, sobre el papel decisivo desempeñado por las mujeres, especialmente en León y Galicia. ↩
- Remedios Montero, Celia, antigua guerrillera de la AGLA. Sus memorias describen el trabajo del llano, los enlaces, cuidados, ropa e información, así como su participación en las decisiones. ↩
- Sobre clandestinidad política y exilio, véanse los estudios sobre el PCE, PSOE, UGT, CNT, organizaciones republicanas y libertarias, nacionalismos vasco y catalán y prensa anarquista española publicada en Francia y México. ↩
- Huelgas mineras asturianas de 1962. Extensión a veintiocho provincias, punto de inflexión en la reactivación del movimiento obrero y de la oposición a la dictadura y amplia repercusión internacional. ↩
- Anita Sirgo, militante asturiana. Redes femeninas de apoyo a la huelga de 1962, tortura y represión sexuada por parte de la Guardia Civil. ↩
- La Camocha, Gijón, enero de 1957. Uno de los focos importantes en la formación de las Comisiones Obreras frente al Sindicato Vertical franquista. ↩
- Proceso 1001, después de la detención de la dirección de CCOO en junio de 1972. Ejemplo de represión sindical en los últimos años de la dictadura. La sentencia fue dictada el 20 de diciembre de 1973, el mismo día del atentado contra Carrero Blanco. ↩
- HOAC y JOC. Catolicismo obrero y organizaciones vigiladas especialmente desde los años sesenta, en el contexto de la ruptura interna del nacionalcatolicismo y del desarrollo de movimientos sociales. ↩
- IV Congreso del Movimiento Europeo, Múnich, junio de 1962. Reunión de opositores procedentes del interior y del exilio, denominada por la propaganda franquista Contubernio de Múnich. ↩
- ETA, fundada en 1959. Nació de la ruptura de jóvenes nacionalistas con el PNV dentro del contexto de la oposición vasca al franquismo. Debe distinguirse este origen de cualquier lectura retrospectiva y unitaria de toda su evolución posterior. ↩
- Escisión entre ETA político-militar y ETA militar a mediados de los años setenta. ETA-pm evolucionó progresivamente hacia una salida política y abandonó la lucha armada a comienzos de los años ochenta, mientras ETA-m continuó utilizando la violencia armada. La cronología deberá precisarse con la fuente seleccionada para la edición definitiva. ↩
- Pedro Ignacio Pérez Beotegi, Wilson o Iñaki Pérez Beotegi, integrante del comando relacionado con el atentado contra Carrero Blanco, detenido en 1975 y posteriormente vinculado a ETA político-militar y a trayectorias políticas relacionadas con Euskadiko Ezkerra y Auzolan. Este punto requiere una referencia documental precisa antes de la edición definitiva. ↩
- Ley 46/1977, de 15 de octubre, de Amnistía. La ley amnistió actos de intencionalidad política cometidos antes de las fechas que establece y alcanzó, por tanto, hechos graves de la lucha antifranquista, incluido el atentado contra Carrero Blanco. ↩
- Gobierno de la República Española en el exilio. Disolución o depósito simbólico del mandato en junio de 1977 después de las elecciones del 15 de junio, mediante el reconocimiento de una nueva legitimidad democrática surgida de las urnas, sin borrar la historia de la legalidad republicana. ↩
- Ley de Amnistía de 1977. Liberó a militantes antifranquistas y extinguió penalmente una amplia serie de actos de intencionalidad política, pero alcanzó también determinadas actuaciones de agentes y funcionarios relacionadas con la represión, de ahí su papel posterior en el debate sobre la impunidad. ↩