Rehacer al hombre: definición del totalitarismo
Rehacer al hombre
Por una definición teleológica del totalitarismo
¿Cómo definir el totalitarismo? Dos reflejos dominan el campo. El primero levanta la lista de los síntomas: partido único, policía política, monopolio de las comunicaciones y de las armas, dirección de la economía, ideología oficial.1 Se marcan las casillas y se dicta sentencia. El segundo, más prudente, distingue tipos y tiende a colocar en la categoría de «autoritarios», antes que «totalitarios», a los regímenes que ni movilizaron a sus masas ni elaboraron una doctrina ambiciosa. Por esa puerta escapa Franco de la palabra.2 Propongo definir de otro modo: no por los rasgos, sino por la finalidad.
El totalitarismo, tal como lo defino, es:
Un sistema de dominación absoluta que persigue la aniquilación del individuo único. Para conseguirlo, trata de disolver el cuerpo social en una ideología única utilizando todos los medios disponibles —terror, propaganda, condicionamiento precoz— con el fin de operar una transformación radical del sujeto humano y reducirlo a una función al servicio de la totalidad.
Esta definición no describe: nombra una intención y su término. Dice lo que el régimen quiere hacer con el hombre, no el grado en que consigue hacerlo. La diferencia parece pequeña: lo decide todo. Permite clasificar un régimen por su proyecto y por su aparato, en vez de hacerlo por sus resultados, y veremos que así vuelve a abrirse el expediente español que la prudencia tipológica había creído cerrar.
La aniquilación del individuo único
Ahí está el corazón de la frase. En este punto, la definición es arendtiana: destruir la pluralidad humana, volver superfluos a los hombres, sustituir a los hombres por un solo Hombre de dimensiones gigantescas.3 Pero «el individuo único» no es una unidad estadística. Es el Único de Stirner, el propietario de sí mismo al que ninguna idea fija puede reclamar por entero sin despojarlo de sí.4 El totalitarismo es la apoteosis política de esa idea fija: una abstracción —la Raza, la Clase, la Nación-Una— erigida en sagrado, ante la cual el singular debe abolirse.
De ahí la duplicación de la palabra, que no es una coquetería estilística: el individuo único es aniquilado por la ideología única. La unicidad vuelta contra la unicidad, la pluralidad de los singulares reemplazada por un solo Uno.
Disolver el cuerpo social
Llega entonces la proposición central: «disolver el cuerpo social en una ideología única». Es lo que Claude Lefort llamó el Pueblo-Uno: el fantasma de un cuerpo social sin división interna, la abolición de la distancia entre el poder y la sociedad, entre la ley y quien la dicta.5
Aquí se juega la diferencia con la tiranía ordinaria. El tirano quiere súbditos obedientes y se contenta con una sociedad aislada pero viva. El totalitarismo, en cambio, quiere suprimir el espacio mismo que subsiste entre los individuos. La imagen es orgánica y hay que seguirla hasta el final: el cuerpo social es disuelto, refundido en una totalidad, y el individuo vuelve a convertirse en órgano, en función. Es la última palabra de la definición, y la más glacial.
El silencio o la conversión
Ésta es la virtud decisiva de esta manera de definir, la que zanja el viejo debate sobre la naturaleza del franquismo. La diferencia entre lo autoritario y lo totalitario no reside en la cantidad de represión, sino en su objeto. Un régimen que os quiere silenciosos es autoritario. Un régimen que os quiere transformados es totalitario. El primero se conforma con vuestro silencio. El segundo quiere más: quiere vuestro asentimiento, quiere vuestro fervor, quiere hasta vuestra alma.
Orwell lo muestra de una vez para siempre al final de 1984.6 No se mata primero al hereje: se le cura. La tortura no busca la confesión, sino la conversión, y el poder no suprime el cuerpo hasta haberse apoderado del interior. Ahí está la respuesta a la objeción según la cual Franco desmovilizó en vez de movilizar. La cuestión no es saber si el aparato consiguió moldear a su hombre nuevo, sino si quiso fundirlo.
Un régimen se mide aquí por su sueño, no por su rendimiento.
El alcance de la definición
Por ser teleológica, esta definición abstrae el contenido del credo. La raza, la clase, la Umma, la pureza agraria, la soberanía del jurista no son más que variables. La constante es la operación totalizadora ejercida sobre lo humano. El concepto puede, por tanto, viajar y nombrar un género con varias especies: el nazismo y el estalinismo; el maoísmo y su reforma del pensamiento; la Kampuchea de los Jemeres Rojos, que abolió la moneda, la ciudad y la familia; el Estado Islámico en cuanto entidad gobernante, y no como simple movimiento; la República Islámica de Irán.
Y aquí aparece la paradoja que debería hacer reflexionar a quienes niegan la palabra a Franco. Según los criterios ortodoxos —movimiento de masas, revolución permanente, hombre nuevo— esos regímenes entran en el molde canónico con mayor facilidad que el franquismo, que fichó primero, encuadró políticamente e intentó después encauzar al individuo, también mentalmente, hacia su sistema político. El franquismo no es, por tanto, la excepción que destruye la regla. Es la especie más retorcida de un género muy real, y precisamente para él era necesaria esta definición.
Tres objeciones y sus respuestas
Una definición seria debe enfrentarse a sus adversarios. Se objetará primero su infalsabilidad: definir por la intención, ¿no significa hacerse inverificable y perder aquello que Arendt consideraba esencial, el terror realizado, la atomización, el campo como laboratorio? La respuesta está en la propia Arendt. La dominación total es allí una asíntota, nunca acabada fuera del campo. Leer el totalitarismo como proyecto no es una facilidad: es permanecer fiel a la lógica del concepto.
Viene después la sospecha de sobreinclusión. La fabricación de un hombre nuevo fue el sueño de muchas revoluciones, jacobina, cultural, utópica. Lo que discrimina es la disolución del cuerpo social erigida en estructura permanente de un régimen, y no la fiebre de una estación. La cláusula central de la definición hace aquí todo el trabajo.
Queda la circularidad, la más fina de las tres. El último miembro de la frase, «una función al servicio de la totalidad», es casi la traducción del Fuero del Trabajo, que definía al Estado español como «instrumento totalitario al servicio de la integridad patria».7 El régimen, por tanto, se nombra a sí mismo, y podría temerse que la definición estuviera hecha a medida del objeto que pretende juzgar.
Pero el Fuero no es el fundamento del concepto: es su prueba. Un régimen que se confiesa totalitario en su texto fundacional firma una confesión, y la confesión es una pieza de cargo, no una petición de principio.
A contraluz
Una definición nunca es neutral, y ésta menos que otras. Nombrar el totalitarismo por su voluntad de aniquilar al individuo único significa señalar el crimen en su raíz, antes de las fosas que no son sino su continuación. A contraluz de esa noche puede adivinarse otra cosa: la libre asociación de los propietarios de sí mismos, el vínculo que nunca se sacraliza por encima de aquellos a quienes une.
Una democracia permanece viva mientras siga siendo esa asociación y se niegue a idolatrarse en un Pueblo-Uno. El día en que el lugar del poder, que debe permanecer vacío, se llena con un solo cuerpo soberano, ha comenzado a deslizarse hacia aquello que esta definición nombra.
Todo se mide, en el fondo, por el Único.
Un orden vale lo que hace con el individuo al que no consigue reducir.
Notas y referencias
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Carl J. Friedrich y Zbigniew Brzezinski, Totalitarian Dictatorship and Autocracy, Harvard University Press, 1956. Referencia bibliográfica. ↩
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Juan J. Linz, «An Authoritarian Regime: Spain», en Erik Allardt y Yrjö Littunen (eds.), Cleavages, Ideologies and Party Systems, Helsinki, 1964, pp. 291-341. Referencia bibliográfica. ↩
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Hannah Arendt, The Origins of Totalitarianism, 1951; edición francesa: Les Origines du totalitarisme. Bibliothèque nationale de France. ↩
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Max Stirner, Der Einzige und sein Eigentum, 1844; trad. esp., El Único y su propiedad. Texto alemán. ↩
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Claude Lefort, L’Invention démocratique. Les limites de la domination totalitaire, París, Fayard, 1981. Bibliothèque nationale de France. ↩
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George Orwell, Nineteen Eighty-Four, Londres, Secker & Warburg, 1949. Bibliothèque nationale de France. ↩
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Fuero del Trabajo, 9 de marzo de 1938, BOE n.º 505, 10 de marzo de 1938, pp. 6178-6181: «instrumento totalitario al servicio de la integridad patria». Consultar el BOE. ↩