Franco, Linz y la prueba escrita
La prueba escrita
Los textos de Franco, la tesis de Linz y el deber de nombrar
El 16 de julio de 1950, en la primera página del diario falangista Arriba, apareció un artículo titulado «Acciones asesinas», firmado por Jakim Boor. El autor daba plena credibilidad a los Protocolos de los Sabios de Sión, el falso libelo que pretendía revelar una conspiración del judaísmo para apoderarse de los resortes de la sociedad. Jakim Boor no existe. Bajo ese nombre escribe Franco.1 2
El seudónimo no era un secreto para nadie en los pasillos del periódico. Entre 1946 y 1951, el jefe del Estado español publicó bajo esa firma una larga serie de artículos antimasónicos, reunidos en 1952 en un volumen titulado Masonería. Página tras página aparece allí la doctrina del «contubernio judeo-masónico-comunista», esa conjura en la que el judío, el masón y el comunista terminan formando una sola figura. Es la ideología del régimen, escrita por la propia mano de su fundador.
Lo que la fecha impide olvidar
Se objetará que Franco fue un pragmático. Mantuvo a España fuera de la guerra mundial, regateó en Hendaya con Hitler sin dar nunca el paso definitivo, y esa prudencia suele presentarse como prueba de un hombre sin doctrina, entregado únicamente al cálculo. De ahí la idea de que no tuvo más que «mentalidades», y no una ideología.
La fecha de «Acciones asesinas» arruina la objeción. Estamos en julio de 1950, cinco años después de la caída del Eje, cuando España, condenada por las Naciones Unidas en 1946, corteja a Occidente para regresar al concierto de las naciones. El antisemitismo ya no sirve a ningún interés; más bien perjudica. Franco escribe, pese a todo, y cree en los Protocolos. Según el historiador Gonzalo Álvarez Chillida, aquellos artículos de 1949 y 1950 respondían al voto de Israel en las Naciones Unidas contra el levantamiento de las sanciones.3 No se trata, por tanto, de un oportunismo de guerra, sino de una convicción que sobrevivió a la guerra. Añádanse la entrevista de Hendaya, la División Azul enviada a morir junto a la Wehrmacht en el frente del Este y la ley que, en aquel régimen, nunca llevaba otra firma que la suya. Eso es lo que «hablar de Franco» obliga a mirar.
El punto de vista de Bernard-Henri Lévy
Hace falta aquí un principio para juzgar, y tomo el de Bernard-Henri Lévy. Ya en La Barbarie à visage humain persigue el totalitarismo hasta el corazón de las ideologías que se creían emancipadoras y convierte la complicidad del silencio en uno de sus grandes motivos: callar ante la cosa es ya consentirla.4 De ahí puede extraerse una definición operativa: es totalitario todo sistema que, en nombre de una verdad absoluta, política, religiosa o identitaria, pretende erradicar la complejidad del mundo y del individuo mediante la coacción o el terror; esa voluntad de pureza llevada hasta el absoluto.
Lévy añade una exigencia moral. Nombrar el totalitarismo no es un lujo de vocabulario: es un acto. Lo mostró en L’Idéologie française, al nombrar aquello que la memoria nacional prefería no ver: una verdad puede ser conocida y, sin embargo, no ser ni admitida ni sentida.5 Negarse a dar el nombre cuando los criterios están reunidos no es permanecer neutral; es dejar que la cosa se extienda bajo una palabra más suave. Aplicado a Franco, el principio deja poco margen de escape: la voluntad de pureza se lee en los Protocolos y en el contubernio; la ideología única, en el nacionalcatolicismo soldado a la obsesión judeomasónica; el terror, en el aparato que los lleva a la práctica. El nombre es debido.
La tesis de Linz y su precio
Y, sin embargo, fue bajo la palabra «autoritario» como la ciencia política clasificó durante mucho tiempo el régimen, siguiendo a Juan José Linz: pluralismo limitado, mentalidades antes que ideología, escasa movilización.6 La categoría es fina y ha hecho fortuna. Pero tiene un precio, y el propio Linz lo nombró. En una entrevista tardía reconoce haber analizado «un régimen autoritario sin Franco» y admite que «tenía que minimizar el papel de Franco».7
Ahí está todo. Porque hablar de Franco obligaba a hablar de lo que acabamos de leer. Minimizar a Franco es borrar los Protocolos en los que creyó y sobre los que escribió. Es borrar Hendaya y la División Azul. Es borrar la ley que solo llevaba su firma. La clasificación no se sostiene sino gracias a ese fuera de campo. Retírese al hombre y el régimen se aligera de su ideología. Devuélvasele a escena y la casilla «autoritario» se resquebraja.
El efecto, no el móvil
Que no se malinterprete lo que sostengo. No se trata de atribuir a Linz un designio oculto. Dio su razón, y es atendible: quería un tipo que pudiera viajar, una categoría suficientemente general para describir decenas de regímenes que no eran ni democráticos ni totalitarios. Un tipo construido alrededor de un solo caudillo no habría permitido generalizar. ¿Con qué finalidad? La pregunta permanece abierta en este punto del análisis.
Lévy proporciona, además, la regla que permite zanjar la cuestión sin proceso de intención: constatar el fenómeno, no atacar a los hombres. Constatemos, pues. Un tipo concebido para viajar tenía que dejar en la frontera aquello que el caso español tenía de particular, y la ideología es precisamente ese particular. Cuando lo que se abstrae es el antisemitismo documentado de un dictador y una doctrina escrita de su propia mano, la abstracción deja de ser neutral. Produce un régimen más suave de lo que fue. El móvil lo ignoramos y podemos ignorarlo. El efecto está en el expediente.
El nombre debido
Lo totalitario no se mide por la magnitud de la matanza, que no es sino su consecuencia, sino por el proyecto. Y el proyecto, aquí, no lo hemos deducido: lo hemos leído. Está fechado, firmado y publicado en primera página. «Totalitario» no es un insulto que se arroja; es un nombre que se debe cuando la prueba lo exige. Franco escribió la prueba. El nombre sigue.
Antisemitismo y antimasonería: un texto de 1950
Escrito el . Jakim Boor apodo de Francisco Franco
Nota editorial: se reproduce el texto aportado como documento para su estudio histórico. El título y los intertítulos son editoriales. Se conserva la fecha indicada en el documento, que no precisa si coincide con la de publicación. Las acusaciones antisemitas y antimasónicas pertenecen al texto reproducido.
La masonería como eje de la conspiración alegada
Uno de los principales argumentos que la masonería esgrime en su defensa es el de aprovechar las inexactitudes que algunas veces se escriben sobre la secta y fundamentar sobre ellas el que son igualmente falsas las acusaciones verdaderas que por tantos motivos se le hacen.
El secreto con que la masonería obra y con el que defiende sus actividades criminales, así como la influencia e impunidad de que disfruta en muchos países, le permite borrar con facilidad las huellas de sus acciones y que, por falta muchas veces de pruebas materiales, pueda incurrirse en error.
En otras muchas ocasiones se desvía la atención pública y acaba polarizando la repulsa hacia otras autoridades secretas internacionales, como el comunismo y el judaísmo, alejando de la masonería la sospecha.
Judaísmo, masonería y comunismo son tres cosas distintas, que no hay que confundir, aunque muchas veces las veamos trabajar en el mismo sentido y aprovecharse unas de las conspiraciones que promueven las otras; sin embargo, la masonería es entre ellas la más organizada y poderosa en el mundo occidental y la que mejor aprovecha la susceptibilidad que en la opinión pública las otras provocan.
La publicación y difusión que hace cerca de veinte años tuvo el famoso libro de H. Ford El judío internacional, también llamado Los protocolos de los sabios de Sion, provocó en la opinión pública del mundo una profunda impresión, al conocer la participación del judaísmo en los acontecimientos políticos internacionales que siguieron a la primera gran contienda, al ponerse al descubierto las doctrinas talmúdicas y su conspiración para apoderarse de los resortes de la sociedad, concentrándose sobre el judaísmo el recelo y la suspicacia de la opinión pública de las naciones en los años siguientes y desviándolas del verdadero centro de poder que la masonería encarnaba.
La pastoral de Teruel y la defensa de la Iglesia
Recientemente, con motivo de una importante pastoral que el señor obispo de Teruel dirigió a sus fieles, y en que se ocupaba del gravísimo mal que la masonería representaba, se utilizaron las alusiones que en el escrito se hacían de la obra del judaísmo para, alimentando viejos recelos, excitar al mundo judío contra nuestra Patria; así, al tiempo que se hacía una propaganda contra España, se utilizaba al judaísmo como pararrayos que desviase las acusaciones y condenaciones terminantes que el prelado, siguiendo las normas de la Iglesia, hacía de la masonería en su pastoral, pastoral que la prensa extranjera, insidiosamente, convertía en un artículo de un periódico político suscrito por un prelado.
El que la Iglesia cuide y dedique preferente atención a cuanto trata de socavar la fe y de impedir, a través de leyes laicas y materialistas, el ejercicio de su apostolado y de sus fines espirituales y educativos, no sólo es cosa natural y lícita, sino que constituye un deber que, por penoso que muchas veces se presente, es ineludible para quienes por su jerarquía y responsabilidad tienen encomendada la defensa y el cuidado de las almas.
Pastorales análogas a la del obispo de Teruel vimos publicadas en muchos países en los últimos años y recientemente por la jerarquía de una de las repúblicas hispanas que, al igual que el obispo de Teruel, recordó a sus fieles las condenaciones expresas y terminantes que la Iglesia había fulminado en todos los tiempos contra los miembros de la masonería y la incompatibilidad expresa entre católicos y masones.
Por todo esto es muy conveniente aclarar bien los papeles para no confundir las cosas ni darles medios de defensa a los “hermanitos”, y que cada palo aguante su correspondiente vela. Que lo español, por católico y por español, es igualmente detestado por la masonería y el judaísmo, es evidente; pero judaísmo no quiere decir pueblo hebreo, sino esa minoría judía conspiradora que utiliza a la masonería como uno de sus instrumentos.
España y la supuesta conspiración de las sectas
Desde que la herejía luterana y la traición inglesa a la causa de la fe católica desencadenaron en Europa las luchas de religión, España viene siendo el blanco de la conspiración de las sectas disidentes. La leyenda negra por ellas levantada se mantuvo viva y renovada periódicamente. Había que desprestigiar a España en el exterior y minar su poderío en el interior, y la masonería fue el instrumento más eficaz que, a través de los siglos XVIII y XIX, vino moviendo los hilos de la conspiración.
Si hemos de analizar, aunque sea someramente, los daños que la masonería en estos siglos causó a la Nación española, es necesario conocer los prolegómenos de aquel movimiento.
La justificación de la expulsión de los judíos
Se ha pretendido, a través de la Historia, arrojar sobre España la acusación de su espíritu antijudío, fundamentada sobre la expulsión que los Reyes Católicos hicieron de los judíos existentes en su Reino, sin tener en cuenta los artificiosos detractores de nuestra Nación que esto venía ocurriendo en aquellos siglos en muchos países de Europa, y que antes de ser expulsados de España, los judíos lo habían sido también de Inglaterra y de Francia, y en alguna nación, por dos o tres veces.
La expulsión de los judíos de España no revestía un carácter racial e incluso religioso, ya que los judíos habían perdido este carácter para convertirse, durante el siglo XV, en una secta fanática, incrédula y tenebrosa, carente de fundamentos religiosos, pero que, animados de un rencor profundo contra los católicos, conspiraban contra ellos con alevosa hipocresía.
Relatos de profanaciones y acusaciones de crímenes rituales
En la historia de las Cortes de Castilla y en las de Aragón y Navarra aparecen en el último tercio de aquel siglo severas recriminaciones contra los hechos gravísimos de que los judíos eran actores. El acontecer de aquellos siglos recogido por nuestros historiadores refleja hechos tan elocuentes como el sucedido en Segovia, en que los judíos se hacen con una hostia consagrada con ánimo de profanarla, y un hecho portentoso los aterra, el que da lugar a una fiesta anual antiquísima que recuerda el milagro.
Pero no es sólo en España, pues en la catedral de Bruselas se conserva también la hostia de la que brotó sangre al atravesarla los judíos con sus puñales, y que aquellas generaciones llevaron a las vidrieras de sus cristales, que exponen los hechos a los ojos del mundo.
Asesinatos de niños y de adultos en reuniones secretas. El caso conocido del acólito de la catedral de la Seo de Zaragoza, hijo del notario Sancho Valero, crucificado en la pared de la aljama y atravesado por una pica por el judío Mossed Albayucete, que al descubrirse milagrosamente el cadáver convierte al rabino y a sus secuaces.
En el año 1454, en el señorío de don Luis de Almansa, dos judíos mataron a un niño y lo enterraron después de haberle arrancado el corazón para hacer con él un maleficio.
Otras dos tentativas de asesinato hubo en Toro en el año 1457, cometidas por judíos de aquella ciudad bajo el imperio del descreído monarca don Enrique IV, el Impotente, influido por judíos y conversos, que deja impunes tales crímenes.
En Sepúlveda, en 1468, un rabino llamado Salomón Pichot se apoderó de un niño y lo asesinó cruelmente en complicidad con otros judíos del mismo pueblo, lo que despertó la indignación popular contra la secta en la mayoría de los pueblos de Castilla, provocando en muchos casos la justicia del pueblo por desasistencia de la oficial. La influencia de los magnates judíos y de su dinero alcanzaba a prostituir a la justicia.
En Toledo, en la Puerta del Perdón, donde pedía limosna una pobre ciega, un hijo pequeño suyo fue raptado por un falso converso de la guardia, llevado a una caverna, donde fue azotado y crucificado, haciendo un simulacro de la Pasión de Jesús, asesinando al niño y abriéndole el costado para sacarle el corazón, que fue llevado por un malvado llamado Masuras a la sinagoga de Zamora, lo que fue demostrado en el proceso abierto en Ávila, con el que se escribió la historia del martirio del niño inocente.
El asesinato en Zaragoza, tres años después, del inquisidor san Pedro de Arbúes, asesinato pagado por los judíos y abogados de la capital de Aragón, provocó una explosión del pueblo zaragozano contra los judíos y conversos, que evitó el arzobispo don Alonso de Aragón.
La expulsión presentada como una necesidad nacional
En 1460, los grandes de Castilla ya habían pedido a don Enrique el Impotente la expulsión de los judíos, no sólo de su Consejo, sino de sus Estados. No se trataba de la destrucción de un movimiento religioso o de conciencias, sino de la extirpación de unas sectas degeneradas, secretas, conspiradoras y criminales, que, si no eran ya una francmasonería, constituían un preludio de lo que ésta había de ser.
Los Reyes Católicos, al promulgar su decreto de la conversión o expulsión de los judíos, no hacían más que satisfacer una necesidad nacional, demandada por el pueblo a través de los últimos veinticinco años.
Que en las medidas de expulsión de los judíos pudieran haber pagado justos por pecadores es cosa muy posible; no podía exigírsele mucho más a la justicia de aquellos tiempos. Pero lo que sí interesa afirmar es que la expulsión española no fue sino una más de las que en Europa tuvieron lugar e impuesta por la opinión pública contra las maquinaciones repetidas de las sectas secretas.
Los conversos, el Santo Oficio y las Comunidades de Castilla
No desapareció, sin embargo, con la expulsión de unos judíos y la conversión de otros el peligro que las sociedades secretas judías representaban para la unidad religiosa y la paz interna de la Nación, pues aprovechando cualquier coyuntura una parte de aquellos judíos conversos ejecutaban aquella consigna que rodaba entonces entre los judíos por las ciudades españolas de “bautizar los cuerpos, pero guardar las almas”.
A la muerte de don Fernando el Católico, surge entre los cristianos nuevos e hijos de conversos de Aragón y Cataluña la intriga cerca de los validos del nuevo monarca, a los que se ofrecen montañas de oro por la supresión del Santo Oficio, siendo apoyados por muchos grandes y magnates dolidos por la política de los Reyes Católicos, que había disminuido su poder y su influencia.
La figura de Cisneros, en lucha firme y tenaz contra las insolencias de la nobleza y la venalidad cortesana, se impuso, con el armamento de cuarenta mil labradores y menestrales castellanos, a las intrigas, conspiraciones y rapiñas de los descontentos.
Este es el momento en que resurgen y toman cuerpo las Comunidades de Castilla, tan españolas como difamadas, y cuyo nombre, bastardeado, un día va a servir para designar una de las ramas masónicas que envilecieron nuestro país.
Antisemitismo: fabricar al enemigo para justificar la persecución
El texto fechado el 16 de julio de 1950 organiza una defensa de la persecución mediante un relato de salvación nacional. Su movimiento es revelador: parte de la masonería, dedica después una larga secuencia a los judíos, legitima su expulsión y termina rehabilitando la vigilancia de los conversos y el Santo Oficio. La historia se convierte en un tribunal cuyos acusados están designados antes de que se examinen las pruebas.
Desde las primeras líneas, el razonamiento se protege contra toda refutación. Los errores de los acusadores serían aprovechados por la masonería para desacreditar las acusaciones verdaderas; la ausencia de pruebas materiales se explicaría por su capacidad para borrar sus huellas. Así, una acusación refutada nunca compromete el sistema acusatorio. La falta de prueba se convierte ella misma en indicio de un poder clandestino. El autor construye una culpabilidad que los hechos ya no pueden desmentir.
La distinción anunciada entre judaísmo, masonería y comunismo da a esa construcción apariencia de precisión. Sin embargo, sus relaciones varían según las necesidades del relato: la masonería aparece primero como el principal centro de poder y, después, como instrumento de una «minoría judía conspiradora». Esta inestabilidad permite conservar simultáneamente varios responsables ocultos. Cada explicación remite a otra conspiración, sin que se demuestre ninguna relación.
La misma operación gobierna la distinción entre «judaísmo» y «pueblo hebreo». El autor pretende aislar a una minoría conspiradora, pero acumula después acusaciones contra «los judíos»: profanaciones, asesinatos de niños, corrupción de la justicia, financiación de asesinatos. La restricción inicial funciona como defensa de fachada de una incriminación colectiva. El grupo supuestamente delimitado acaba siendo lo bastante extensible como para justificar la expulsión de toda una población.
El falso como autoridad
El tratamiento de las fuentes revela el método. El texto confunde El judío internacional, surgido de la campaña del periódico de Henry Ford, con los Protocolos de los Sabios de Sión, en los que aquella campaña se inspiraba. Presenta su contenido como una revelación, cuando el carácter fraudulento de los Protocolos había sido públicamente demostrado mucho antes de 1950. En agosto de 1921, The Times de Londres mostró que buena parte del texto había sido copiada de la sátira política de Maurice Joly, Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, de 1864, y calificó los Protocolos de falsificación.1
El documento utiliza, por tanto, como autoridad un falso ya desenmascarado.
El crimen ritual como saturación emocional
A las pretendidas revelaciones modernas se añaden los relatos de milagros y crímenes rituales. Su acumulación produce una saturación emocional: niños martirizados, corazones arrancados, hostias sangrantes. Los detalles atroces van sustituyendo poco a poco la necesidad de establecer los hechos. Un vitral, una fiesta conmemorativa o un descubrimiento milagroso se invocan como garantías históricas. El relato de la creencia acaba convertido en prueba de aquello que la creencia cuenta.
De perseguidos a agresores
Esta puesta en escena prepara el giro decisivo: los perseguidos se convierten en agresores, mientras que los perseguidores no harían sino responder a una «necesidad nacional». Las violencias populares aparecen como una justicia que suple las deficiencias de las instituciones. La expulsión se convierte en cumplimiento de una voluntad colectiva.
En cuanto a los inocentes alcanzados por la persecución, su suerte queda resumida en la fórmula «justos por pecadores»: su inocencia se admite y, acto seguido, se neutraliza políticamente. La necesidad proclamada absuelve de antemano las consecuencias.
Catolicismo, nación y sospecha sin salida
La identificación de España con el catolicismo cierra finalmente el dispositivo. Las leyes laicas aparecen como ataques contra la fe; defender a la Iglesia equivale a defender a la nación. El adversario religioso o político puede entonces situarse fuera de la comunidad legítima.
Ni siquiera la conversión elimina la sospecha: detrás del bautismo podría subsistir una fidelidad secreta. Ninguna manifestación exterior de adhesión garantiza, por tanto, el final de la acusación. El sospechoso puede convertirse, obedecer, integrarse y seguir siendo sospechoso.
La función política del antisemitismo
La fuerza política del texto reside en esa articulación entre unidad, amenaza y coerción. El pasado suministra un repertorio de justificaciones reutilizables en el presente: designar a un enemigo interior, sustraer su culpabilidad a la prueba y presentar su exclusión como protección colectiva.
El antisemitismo cumple aquí una función estructurante. Enseña a mirar la persecución como un acto de defensa y la inocencia de las víctimas como un detalle soportable.
Francisco Franco en su abyección más perversa: convertir a las víctimas en culpables y presentar su persecución como una necesidad nacional.
Notas y referencias
-
United States Holocaust Memorial Museum, «Fechas clave de Los protocolos de los sabios de Sión». La cronología recuerda que en agosto de 1921 The Times de Londres demostró que los Protocolos copiaban en gran parte el texto de Maurice Joly y los calificó de falsificación. Consultar la fuente. ↩